lunes, 1 de septiembre de 2014

Identidad

Hace un buen tiempo me encontré en el facebook con una página que se llama STOP Gordofobia. Como reza bien su título, más que nada la idea es compartir historias de personas que han sufrido o sufren las delicias sociales de ser gordo, o comparten sus visiones inmensamente positivas hacia la vida. La cuestión es que desde que leo esa página, que me lleva a ver decenas de historias y encontrarme con que no fui la única que ha sufrido; y leer tantas palabras con las que me siento profundamente identificada, algo muy lindo está cambiando desde lo más profundo de mi ser. Mi visión de la vida, por así decirlo, algo que siempre me trajo problemas, está mutando a algo realmente positivo. Y me lleva a querer contar mi historia, y compartirla, porque quizá a alguien le sirve, como a mi me sirvió leer todas esas cosas, y me sirve aún.

Yo siempre fui obesa. En parte porque me encantaba comer dulces, mis padres no tenían problemas económicos y siempre me mandaban a la escuela con algún billete en el bolsillo. En el colegio había un kiosco en el cual recuerdo que casi en todos los recreos me compraba un alfajor milka, entre otras cosas. Cuestión que mis primeros años de escuela primaria transcurrieron sin problemas, siempre fui la "tonta de la clase" (en el buen sentido, era graciosa) y hasta las chicas de secundaria me venían a buscar para que les imite ruidos de animales, o para jugar a cualquier cosa. Por otro lado, era alérgica, y en aquel entonces el único tratamiento que había era una dosis semanal de corticoides que me inflaron de a poquito.

Cuando cumplí 10 años, a mis padres, que trabajaban a sol y sombra (a mi me han criado terceros, pero a mis padres los veía sólo de noche), como la escuela donde estaba no era doble turno y no tenían con quien dejarme, no se les ocurrió mejor idea que mandarme a una escuela nueva.

10 años. Mi primer nombre es Rosa, lo cual en esa época evidentemente era una aberración de la naturaleza (esto fue hace unos 20 años, allá por principio de los noventa). Obesa. Y en esa nueva escuela empecé a aprender otras cosas de mi persona también. Que era desagradable, horrible, espantosa, ridícula, inmunda. Que me iba a morir sola, que nunca nadie iba a quererme, que cómo podía salir a la calle siendo tan horrible. Hubo un momento en que empecé a sentir todas esas cosas, que quizá antes también estaban pero yo era tan feliz en mi mundo alegre que no les prestaba mayor atención. Pero ahí era la nueva, estaba sola, todos los grupitos estaban ya armados. Imposible escaparse.

El bullying en mi caso se dio de varias maneras. Me insultaban de todos los colores, quienes se hacían llamar mis amigos en cuanto podían me ponían en ridículo. Cuando llegaba la hora del recreo me perseguían por todo el patio, y terminaba encerrándome en el baño, mientras los escuchaba decirme todas esas cosas horribles que sabían decirme. Incluso chicas de otros cursos, con quienes yo no tenía trato, se divertían burlándose de mi todo el tiempo. Llegaron a agredirme físicamente unas cuantas veces, a empujones y otras cosas igual de bonitas. No paraban.

Llegar a casa no cambiaba las cosas. Mi hermano y mi papá también me decían gorda, se reían de mí y me maltrataban. A ver, que yo con 10, 11 años llegaba a casa luego de horas encerrada en un colegio donde no quería estar, para encontrarme con un ambiente familiar de mierda que más que apoyo parecía que les seguían el juego a los que me ridiculizaban ya todo el día. ¡Divino!

Vivía llorando. No por esto dejé de comer, así que si bien me daba asco a mí misma seguía siendo una bola. Creo que incluso me llevó a comer más. No soportaba verme al espejo, sentarme y ver esos rollos, lloraba y me preguntaba por qué era tan horrible, por qué nadie me quería, por qué nadie me aceptaba. Sin embargo tenía algunos pocos amigos, una en especial que se llama Luciana que fue mi amiga desde que éramos muy pequeñas, y creo que su amistad fue un tesoro que me mantuvo a flote durante mucho tiempo. Era mi rayo de esperanza en medio de toda la oscuridad que me rodeaba. La única de la que jamás escuché un comentario de ese estilo (aunque en su familia había algunos que no tenían problema en hacérmelo saber, por si acaso yo alguna vez me olvidaba de que era desagradable).

Las cosas fueron empeorando. Cuando llegó "el período", como si fuera poco con ser gorda y horrible me salió un vello en las piernas que mi mamá no tuvo mejor idea que combatir con crema depilatoria. En vez de empezar directamente con la cera, arrancar con la crema hizo que ese vello relativamente suave se tornara en unos cardos infames que fueron difíciles de superar por mucho tiempo. Y a todo esto anterior sumemos que siempre tuve facilidad para agarrarme piojos. No sé si tengo la sangre sabrosa o qué demonios, pero la cuestión es que vivía LLENA de piojos.

¿Van sumando? Gorda, Rosa, peluda, llena de piojos. El viaje de egresados de séptimo grado fue una tortura horrible, pero por fin llegó el final y nunca más tuve que volver a ver a ninguno de esos cerdos que se encargaron de traumarme para siempre.

Llega la adolescencia, a los 13 años sentía que la vida no iba a tener nunca nada bueno para mí, que nunca un hombre iba a quererme, que nunca tendría a nadie que significara nada bueno. Mi familia iba de mal en peor, siempre me pelee mucho con mi papá, y mi mamá tiene una clara preferencia por mi hermano que en esos momentos no ayudaba. Quise suicidarme, dos o tres veces, ya no recuerdo, pero jamás tuve la "fuerza" para llevarlo a cabo. Pero soñaba con morir, con desaparecer de este mundo y dejar atrás todo el dolor que sentía. Deprimirme y estar mal todo el día ya era cosa normal. Quería, ansiaba morir. Por supuesto seguí odiando el espejo por mucho tiempo, pensando que yo era algo que estaba mal en el mundo, por no ser delgada y bonita como las otras chicas. Intenté miles de dietas, hasta una con unas pastillas que me dejaron sin energías en poco tiempo, pero volvía a ganar el peso enseguida. En la escuela secundaria tuve la suerte de conocer grandes personas y hacerme buenos amigos, con lo cual el bullying quedó atrás. Siempre hubo algún que otro engendro que aparecía de la nada a decirme en la cara "gorda", como si tuviera un derecho divino a decirme a mí lo que yo era, lo cual no me ayudaba pero no era lo mismo que en años anteriores.

He sufrido rechazos amorosos por mi sobrepeso, me han seguido insultando por mucho tiempo y hasta pasé por esas situaciones de que ven una foto tuya y te dejan de hablar en las épocas de auge del chat. Sí, eso de enviar una foto a alguien que dice que le agradas y de golpe y porrazo te deja de hablar, porque claramente no sos de su agrado, no es un mito popular, es cierto. Y sí, también duele.

Generé un rechazo a las muchedumbres muy grande. Cumpleaños de personas donde hay más de 10 personas que no conozco, ya siento que todos me observan y me juzgan. Que me miran pensando "mirá a la gorda esa, que mamarracha", y otras cosas semejantes.

El tiempo pasó, hace casi 7 años que estoy en pareja, convivo hace 3. Me fue difícil acostumbrarme a no apagar la luz cuando estábamos "en esos momentos", pero con el tiempo aprendí muchas cosas. Aprendí a creerle cuando me dice que soy hermosa y que le parezco la mujer más linda del mundo. Cuando alguien me dice un cumplido ya no me río en su cara. El espejo ya no me da asco y no tengo ganas de morirme. Aprendí a amar mis imperfecciones, admito que me gusta comer y a pesar de haber abandonado la obesidad (pero aun tener unos kilos de más) no me vuelvo loca queriendo adelgazar por los demás. Lo que hago, lo hago por mí. Y al que no le gusto, lo lamento, soy así y nadie tiene derecho a juzgarme. Ni a mí ni a nadie. Me gusta la comida, la disfruto, de hecho soy chef pastelera. Me gusta hacer ejercicio, salgo a correr y empecé a participar en maratones este año. Y desde que leo estas historias me doy cuenta que esto que me pasó no es algo propio mío, y a pesar de no conocer a estas personas ni haberlas visto, me siento increíblemente acompañada. Es horrible que hayan tenido que pasar por esas cosas, pero es hermoso leer tantas historias de supervivencia y poder compartirlo. Y me permito sonreír y reírme cuando a alguien se le ocurre decirme "gorda", porque por supuesto, todavía muy de vez en cuando sucede.

Mis padres nunca cambiaron. Esos chicos de la primaria quisieron ser mis amigos vía facebook, pero a ninguno acepté. Como a muchos les ha pasado, estos seguro no saben las consecuencias horribles que sus actos dejaron en mi personalidad. En mi nula autoestima que, de a poco, intenta crecer. Pero hoy ya sé que no soy horrible, y que ser gordo no es una aberración de la naturaleza o un estado del cual sentir asco. Ya no me molesta lo que veo, y hasta empiezo a quererlo. Me permito ser feliz con las cosas más tontas, pero que quizá antes se veían opacadas por toda esta mochila que vengo cargando desde que soy chica. Empiezo a entender de qué se trata eso de ser feliz. Y me encanta.

Y esta semana me voy a comer una porción de torta con una amiga para celebrar su cambio de trabajo, y no me importa nada. Sí, tengo brazos fofos y soy grandota de cuerpo, ¿y qué? ¿Quién me va a decir lo que yo soy? Nadie más que yo. Y yo estoy queriendo esto que veo.

5 comentarios:

Bella dijo...

Y no te olvides de poner que sos más fuerte de lo que pensás. Sino jamás hubieras contado todo esto que contaste acá.

Te quiero, amiga. Seamos gordilindas juntas ♥

Besotes

Zoqueta dijo...

Supongo que eso también apareció con el tiempo. De chica no me animaba ni a defenderme de estas cosas. Sí, supongo que soy más fuerte de lo que creía.

Yo también te quiero amiga! Por muchas merendolas gordilindas más ♥.

mariano1 dijo...

Zoqueta... Soberbia nota.

Creo que es de los mejores posteos que leí en mi vida (y eso que tengo años en esto).

Excelente testimonio. Excelente, excelente, excelente

te molesta si lo comparto?

Avisame

PD: Por cierto: "merendolas gordilindas" es un flor de nombre para un libro de cocina o un programa de tele :-)

Zoqueta dijo...

Gracias Mariano! Comparta tranquilo, para eso está.
Respecto a la soja esa la conseguís en cualquier dietética, también tienen una más gruesa que es riquísima si la dejas en una salsa agridulce y la servís así como acompañamiento de algunas verduras. En una rotisería donde suelo comprar las preparan con una salsa que tiene hasta pedacitos de ananá y queda MUY rica.
Gracias por pasar! :)

Romina Garcés dijo...

Sos una genia y la verdad que me siento identificada en muchas partes de tu historia, no estás sola, te apoyo desde Mendoza, abrazos gordos!!!