martes, 18 de abril de 2017

Recuerdos

Mi papá tiene 84 años. Cuando era joven, su papá no lo dejó estudiar en la universidad porque (como buen italiano) consideraba que era una pérdida de tiempo, y que era hora de salir a trabajar. Tenía un excelente promedio en la escuela, de la cual egresó como técnico mecánico. No obstante, las ganas de saber más y de tener una buena profesión lo llevaron a interesarse más que nada en el dibujo técnico, algo que ya manejaba por la escuela (antes los planos se hacían a mano y con una tinta especial, no como ahora que es todo por computadora), y gracias a lo cual eventualmente logró dos cosas: por un lado, tener buena mano para el plano de dibujos municipales, con lo que tuvo un trabajo como gestor de habilitaciones comerciales por muchísimos años; y por el otro, tiene una caligrafía hermosa.

En su casa moraba su eterno tablero de dibujo.


Sentado en ese tablero, a la luz de una lámpara de pie, lo vi miles de veces dibujando sin parar y sin horario. Encorvado sobre sus hojas de calco, con ese pulso increíble que (aún hoy) lo caracteriza. Desde que tengo uso de memoria y que recuerdo, ese tablero nos ha acompañado en casa, ininmutable. El paso del tiempo hizo un poco de estragos sobre él, pero seguía siendo una maravilla. En ese tablero yo también me senté a su lado varias veces a dibujar, cuando era chica, esos garabatos tan graciosos que todos hicimos alguna vez siendo niños, mientras él trabajaba. Era un pequeño momento que compartíamos los dos. En ese tablero también aprendí yo el arte del dibujo técnico, ya que unos añitos después me tocó a mí ir a una escuela técnica. Me turnaba entre este y el tablero ese chiquito que llevábamos a la escuela, pero yo prefería este, siempre me resultó más cómodo. Tenía un algo muy especial.

Con el paso del tiempo, mi papá dejó de dibujar. La vista ya no le daba para tanto y lo reemplacé yo con el dibujo, justo cuando la tecnología le ganó al arte manual. Los planos ya no servían si no eran dibujados en AutoCAD, algo que a mí me convenía (y aun me conviene, es parte de lo que me da de comer cada día), pero que a él lo hizo envejecer más rápido. Ya sus dibujos no eran necesarios. Por más que quiso, no pudo dibujar más en ese tablero, y pasó a ser un decorado en la oficina que tienen ahí en su casa.

Tras mucho tiempo de meditarlo decidimos venderlo, y darle una oportunidad a otra persona de disfrutarlo. Confieso que a mí me daba cosa, por una parte porque sabiendo que la tecnología aplastó estas cosas, el tablero iba a tener que ser vendido por unas chirolas. Y por otro lado, porque sabía que era una parte de la vida de mi viejo. Tenía miedo de lo que iba a pasar con esto que era tan especial. Pero, finalmente, lo publicamos y a los meses se vendió.

Hoy, la persona que me lo compró me mandó una foto del tablero como lo tiene hoy. Renovado, parece nuevo, dándole vida a un rincón de su casa.


Se lo conté a mi viejo y se puso muy contento. Y a mí también me puso contenta. Este tablero que tantas cosas nos dio, que tanto nos acompañó, que era como una extensión de los brazos de mi viejo; hoy forma parte de la vida de otra persona que lo recibió así, con una lavada fresca de cara.

Muchas gracias, Lisandro, por devolverle la vida a esta parte tan importante de la vida de mi papá. Pusiste contento a un hombre que, últimamente, necesita algunas razones para sonreír.

3 comentarios:

La pior 'e tuitas dijo...

Evidentemente, las manos de tu papá han dibujado hermosísimas y perennes historias. Y no solo en el tablero.
Gracias por compartir esta alegría <3

Pd) Lo del quini no hubiera estado mal :'(

Maximus dijo...

La historia del tablero bien podría ser como el finale de Andy y Woody *solo los fuertes entenderán* ;)

efedefede dijo...

estas son las historias chiquitas que le dan color a lo cotidiano, hermoso por donde se lo vea.
Que magia tan linda florece cuando se ve en otro la misma pasión, el mismo cariño por lo que más alimenta.
me encantó el espacio, unos saludetes!