Mostrando las entradas con la etiqueta Viñetas familiares. Mostrar todas las entradas
Mostrando las entradas con la etiqueta Viñetas familiares. Mostrar todas las entradas

martes, 18 de abril de 2017

Recuerdos

Mi papá tiene 84 años. Cuando era joven, su papá no lo dejó estudiar en la universidad porque (como buen italiano) consideraba que era una pérdida de tiempo, y que era hora de salir a trabajar. Tenía un excelente promedio en la escuela, de la cual egresó como técnico mecánico. No obstante, las ganas de saber más y de tener una buena profesión lo llevaron a interesarse más que nada en el dibujo técnico, algo que ya manejaba por la escuela (antes los planos se hacían a mano y con una tinta especial, no como ahora que es todo por computadora), y gracias a lo cual eventualmente logró dos cosas: por un lado, tener buena mano para el plano de dibujos municipales, con lo que tuvo un trabajo como gestor de habilitaciones comerciales por muchísimos años; y por el otro, tiene una caligrafía hermosa.

En su casa moraba su eterno tablero de dibujo.


Sentado en ese tablero, a la luz de una lámpara de pie, lo vi miles de veces dibujando sin parar y sin horario. Encorvado sobre sus hojas de calco, con ese pulso increíble que (aún hoy) lo caracteriza. Desde que tengo uso de memoria y que recuerdo, ese tablero nos ha acompañado en casa, ininmutable. El paso del tiempo hizo un poco de estragos sobre él, pero seguía siendo una maravilla. En ese tablero yo también me senté a su lado varias veces a dibujar, cuando era chica, esos garabatos tan graciosos que todos hicimos alguna vez siendo niños, mientras él trabajaba. Era un pequeño momento que compartíamos los dos. En ese tablero también aprendí yo el arte del dibujo técnico, ya que unos añitos después me tocó a mí ir a una escuela técnica. Me turnaba entre este y el tablero ese chiquito que llevábamos a la escuela, pero yo prefería este, siempre me resultó más cómodo. Tenía un algo muy especial.

Con el paso del tiempo, mi papá dejó de dibujar. La vista ya no le daba para tanto y lo reemplacé yo con el dibujo, justo cuando la tecnología le ganó al arte manual. Los planos ya no servían si no eran dibujados en AutoCAD, algo que a mí me convenía (y aun me conviene, es parte de lo que me da de comer cada día), pero que a él lo hizo envejecer más rápido. Ya sus dibujos no eran necesarios. Por más que quiso, no pudo dibujar más en ese tablero, y pasó a ser un decorado en la oficina que tienen ahí en su casa.

Tras mucho tiempo de meditarlo decidimos venderlo, y darle una oportunidad a otra persona de disfrutarlo. Confieso que a mí me daba cosa, por una parte porque sabiendo que la tecnología aplastó estas cosas, el tablero iba a tener que ser vendido por unas chirolas. Y por otro lado, porque sabía que era una parte de la vida de mi viejo. Tenía miedo de lo que iba a pasar con esto que era tan especial. Pero, finalmente, lo publicamos y a los meses se vendió.

Hoy, la persona que me lo compró me mandó una foto del tablero como lo tiene hoy. Renovado, parece nuevo, dándole vida a un rincón de su casa.


Se lo conté a mi viejo y se puso muy contento. Y a mí también me puso contenta. Este tablero que tantas cosas nos dio, que tanto nos acompañó, que era como una extensión de los brazos de mi viejo; hoy forma parte de la vida de otra persona que lo recibió así, con una lavada fresca de cara.

Muchas gracias, Lisandro, por devolverle la vida a esta parte tan importante de la vida de mi papá. Pusiste contento a un hombre que, últimamente, necesita algunas razones para sonreír.

sábado, 19 de noviembre de 2016

Despertar

Suena el despertador avisándome que es hora de retomar el trabajo, estiro la mano hacia el borde de la cama donde suelo dejar el teléfono, y lo apago. Mi mente se va despertando y amaga con traerme pensamientos que estuve tratando de bloquear toda la semana. Son cinco segundos. No llega a materializarse una nube negra porque, de pronto, tengo a Gala lamiéndome el brazo, contenta porque me desperté. Le hago un hueco a mi derecha y se sube a la cama, se acuesta a lo largo bien pegada a mí y me abraza el brazo derecho con sus dos patitas. Apoya la cabeza en mi pecho y me mira, moviendo la cola. Automáticamente, mi marido hace un ruidito, se da vuelta hacia mi lado y me abraza, apoyando su cabeza en mi pecho, del lado izquierdo. Así me encuentro entonces. Boca arriba, rodeada de un amor infinito. A mi izquierda, el hombre con el que comparto mi vida hace nueve años, roncando despacito, con su abrazo cálido. A mi derecha, la perra que adoptamos hace casi cinco años, feliz de verme despierta y de compartir una caricia. La nube negra que amagó se aleja por un buen rato. Dentro de ella, los pensamientos que querían aflorar... enfermedades, cansancio, responsabilidades, la pena por la futura pérdida de una buena amiga de la familia. Son unos minutos en que lo único que puendo pensar es en lo afortunada que soy, de tener todo este amor para mí. ¿Alguna vez imaginé que llegaría un día en que me sentiría así? La verdad es que no. Pero acá estoy, acá estaban ellos, borrando mi pena con su afecto silencioso, con sólo unos abrazos y unas caricias. Y les estoy eternamente agradecida por quererme tanto.

jueves, 19 de mayo de 2016

La negra

Pienso que para mis padres siempre fui un bicho raro. Especialmente para mi vieja. Desde chica me caractericé por ir, digamos, «en contra» a lo establecido en mi casa. Y si vamos al caso, creo que podría decirse que en contra a lo establecido en la «sociedad normal». O al menos hace un tiempo pensaba así.

Mi primer rebeldía sucedió cuando era muy joven. Tenía 12 años. Me habían cambiado de escuela a una de doble turno para los últimos tres años de primaria, dejándome con unos problemas de autoestima que aún al día de hoy, con 20 años más, no terminé de superar. Cuando llegué a los 12, inconscientemente creo yo porque aún no pensaba tanto las cosas, decidí que NO iba a ir al secundario que mi viejo ya había elegido por mí (El Nacional Buenos Aires) y logré que me dejaran anotarme en la escuela técnica a la que quería ir. La segunda fue a los 14 años con el cigarrillo, cosa que se enteró sólo mi mamá pero cuando ya hacía unos cuantos años que fumaba. A los 17 me hice mi primer piercing, en la nariz. A los 21 mi primer tatuaje (ya tengo 10).

Así fueron sucediendo, cosas que para mi familia eran «anormales». Mi viejo es de la vieja escuela, mi hermano un soldadito (bien cerrado en sus ideales e ideas de vida). Y mi mamá, nada. No sé ni cómo describirla.

Y acá estoy yo, con 32 años, aun haciendo pequeños actos «de rebeldía». Rebelándome contra el mundo, contra la vida misma. La más reciente fue mi veganismo, que apareció en enero de este año.

Pero lo que fui notando con el tiempo, es que a medida que crecía, mi vieja dejaba de reaccionar mal a mis locuras. Empezaba a interesarse, de alguna manera. Los tatuajes los odiaba, aun cuando sabe que me estoy por hacer alguno tira la bronca, pero luego me pregunta de qué se tratan. Y va por la vida contándole a algunas personas de su confianza sobre «la loca de su hija que tiene todo el brazo tatuado». En lugar de seguir atacando, se ablandó, y hasta muestra interés. Algo que no deja de sorprenderme.

El próximo domingo festejamos en casa el cumpleaños N° 86 de mi tía, la hermana mayor de mi papá. Como buenos argentos que son todos van a hacer asado, y yo estaba pensando qué llevarme para comer. Hoy me llamó hace un rato y me dijo «me enseñaron a hacer knishes de papa y de espinaca, los podés comer porque no tienen nada, así que les voy a cocinar para el domingo».

Por ahí es una tontería, pero son pequeños gestos de amor que recibo con sorpresa, porque no estoy acostumbrada. Yo, la oveja negra de la familia, la que siempre se sintió fuera de lugar. Miren con qué poco me conformo. Sólo necesitaba un poco de apoyo y de afecto.

--
P/D: Acabo de recordar uno de mis últimos actos de locura que casi atentan contra la sanidad mental de mi familia. A los 23 años conocí y me enamoré de un metalero de tupida barba y pelo largo hasta el culo. Mi vieja casi se muere infartada. Guess what? Me casé con él hace medio año :)

miércoles, 30 de marzo de 2016

Ojos que no ven

Mi papá no es una persona afectuosa. No lo es ahora a sus (casi) 84 años, ni nunca lo fue.
Tengo pocos recuerdos de momentos felices con él. La mayoría fueron momentos de mierda. Insultos, gritos, faltas de respeto. De esos sí que tengo varios.

Toda mi adolescencia la pasé con el firme objetivo de irme de esa casa un día. Estudié como una bestia para pasar menos tiempo libre dentro de mi casa. Salía mucho los fines de semana. Cuando empezaron a soltarme, me quedaba a dormir mucho en casas de amigos. Ahorré siempre lo más que pude para poder disfrutar al menos 10 días al año de descanso, en días de verano. Atormenté a mis amigos a lo largo de todos esos años contándoles lo mal que la pasaba, pero lo pasaba mal de verdad.

Mientras yo crecía, mi necesidad de la familia perfecta se iba apagando. Porque claro, no solamente los detestaba, sino que al mismo tiempo ansiaba que llegara el día en que alguno me dijera algo bueno. Una ironía andante. Esperaba algo positivo. Al mismo tiempo, la salud de mi viejo iba en caída, y su vejez se fue aproximando de a poco.

Hoy me tocó vivir una situación bastante triste con él. Estaba armando un trabajo para que yo lo pase en limpio en el sistema virtual, y no podía leer su propio borrador. Tuve que quedarme al lado de él dictándole lo que él había escrito esa misma mañana, porque no lo leía. De a poco va perdiendo la vista, y hay días que no puede ni leer las letras grandes de los titulares del diario. Ni hablar de leer los subtítulos de una película, a pesar de haberse comprado hace poco una televisión de 50 pulgadas con ese fin.

Entonces todas estas cosas feas que pasé toda mi vida pasan a segundo plano, y llega la lástima. Pero no esa lástima pedorra que se le tiene a los viejos, que no sirve para nada: lástima de ver al ser que te dio la vida achicharrarse de esa manera y verlo como baja los brazos. Porque mi viejo no es de esos que le ponen garra a la vejez y uno admira, al contrario. Le abrió la puerta a la vejez y se fue a sentar en su silloncito, a oscuras, con la sola compañía de unos tangos en la radio.

Su mundo se tiñe de gris y yo no tengo las herramientas para ayudarlo a combatir eso.

jueves, 3 de marzo de 2016

Liberté

Como persona que siempre deseó vivir fuera de la casa de sus padres, muchas cosas pasaban por mi cabeza cuando imaginaba lo que sería tener mis espacios propios. Allá mi refugio era mi habitación, decorada totalmente en desequilibrio respecto de la casa en general. Así como me sentía yo: fuera de lugar. La casa de mis padres si bien no sigue UN estilo arquitectónico o decorativo, tiene un encanto particular, una cosa que sigue una línea... los ladrillos a la vista en varios ambientes internos, los muebles de madera preferentemente de algarrobo, los platos en las paredes y las máscaras en el living.
Mi pieza no tenía nada que ver. Tenía fotos de mis amigos, hojas secas de árboles pegadas en las paredes, estrellas en el techo de esas que brillan en la oscuridad. Un montón de adornos colgantes que colgaban del techo, duendes, hadas. Era yo.
Mudarme fue todo un acontecimiento. Si bien no vivo sola, porque desde que me fui de la casa de mis padres vivo en pareja, tuve el placer de toparme por primera vez en mi vida con el "armar la casa como les guste". Mi marido y yo tenemos gustos parecidos (aunque yo soy más enferma de algunas cosas que él no, pero no le molestan), así que fue sencillo.
A pesar de que no es mío porque alquilo, me encanta mi casa. Me gusta mi hogar.
Me gusta la biblioteca repleta de libros y pequeños adornos entremezclados. Me gustan los duendes que fui juntando, los dragones, los muñecos, los caballeros. Me gusta la cama (es la cama más cómoda del mundo), el sillón, la tele, el modular. La cocina con su mezcla de rojo y negro, dos de mis colores favoritos. El patio donde da el sol varias horas al día y donde habitan algunas plantitas. La paz que reina cada vez que entro, la calma, el lugar propio que ya no es solamente una habitación. Es una habitación, un living comedor grande, un baño, un patio. Tiene olor a libertad.


La biblioteca es de las cosas que más me gustan


Uno de los caballeros :)
 

La negra atrevida, robándome la cama una mañana

jueves, 4 de febrero de 2016

The Fox and the Star

No me crié en una familia donde fuera una costumbre leer cuentos a los hijos o contar historias antes de dormir. Siempre fui una lectora solitaria, de chica le tomé cariño a los libros y ya de grande se convirtió en mi pasatiempo favorito. Algunos miran tele, otros salen mucho, otros juegan a algo... yo leo. Y leo mucho. Siempre fue así.
Pero no sé por qué. Son esas cosas que de pronto se convierten en parte de uno. Y tampoco sabía que era tan lindo que alguien te leyera. Lo empecé a ver en las películas. Uno no entiende que algo le falta o que algo está mal cuando está acostumbrado a vivir de cierta manera. Casualmente leyendo ahora un libro de Stephen King (IT), en una parte que hablan de un personaje que siempre anda solo, dicen que él no sabe que está solo porque no sabe qué es la soledad. Simplemente es algo a lo que siempre estuvo acostumbrado, algo que para él es "normal". Para mí fue normal que no compartieran esas pequeñas cosas conmigo. Hasta hace poco, que una amiga me dijo que el padre siempre le leía, o que mi marido me dijo que su padre le cantaba canciones (mi suegro toca la guitarra, es músico) nunca me detuve a pensar en que eso a mí me había faltado. ¡Y la cantidad de cosas que me habré perdido!

Cuestión que yo nunca tuve lecturas de cuentos de niños. Me han regalado libros para chicos, pero los leía sola. Muy pocos. Pero jamás esa cosa de leer una historia mágica para soñar como es debido, cuando uno es chico y tiene la imaginación a flor de piel.

Recorriendo una librería, mi marido se topó con un libro y decidió que yo tenía que leerlo:


Este hermoso libro, de tapa dura, llamado El zorro y la estrella. El libro más vendido de Waterstones (una cadena de librerías en el Reino Unido) el año pasado. Ya de por sí, para el que no sabe, amo los zorros. Me parecen de las criaturas más maravillosas del universo, más hermosas. De hecho, uno de mis tatuajes favoritos lo representa. Creo que ese detalle, sumado al hecho de que algo lo hizo a él sentir que ese libro era para mí, me llevaron a comprarlo.


Mi zorrito :)

De por sí, la edición es una preciosura. El olor que tiene, la textura de sus hojas, los dibujos que hay adentro. Todo acompañan a la historia creando magia. El zorrito que es amigo de una estrella. El zorrito tímido, que tiene miedo a todo, tiene una sola amiga que lo acompaña todas las noches. Un buen día la estrella desaparece, y este pequeño saldrá a buscarla.


Este libro es absolutamente maravilloso. Me hizo sentir tristeza y alegría en pocas páginas, me hizo soñar, lo amé. Siento que si alguien tiene un hijo o alguien especial chiquito a quien leerle, debería leerle este libro. Si yo hubiera tenido a alguien que me lo leyera cuando era chica, estoy segura que habría sido muy feliz. Aun así, con 31 años, lo disfruté como si hubiera sido una nena. Y después de leerlo, mi marido se acostó en la cama a mi lado y yo se lo fui contando, mientras le mostraba los dibujos de cada página. Yo tuve la oportunidad de compartir ese momento, de leer este libro a alguien que amo. No puedo explicarles con palabras la magia que estas pocas paginitas me generaron.

Si tienen hijos, si tienen sobrinos, primitos que les gusta leer o que les lean... esta sería mi primer recomendación. Es realmente hermoso.

miércoles, 13 de enero de 2016

Mentiras piadosas

En mi familia hay un problema tremendo con las mentiras. Pero no mentiras para ocultar algo groso que alguien se haya mandado, hacerse el boludo tras una cagada o joder a alguien. Mis padres (si es que es de ambos la idea, o de uno y el otro la sigue) tienen la mala costumbre de mentir para ocultar cosas, para evitar lastimar a otro. Desde ya que les sale mal.

El primer ejemplo que se me viene a la cabeza fue cuando yo tenía 13 años, mi hermano tenía 17. Empezó a sentirse mal, a tener dolores de cabeza, vómitos, etc. Le hicieron estudios y encontraron finalmente que tenía un tumor en el cerebelo. Yo me enteré de pura suerte («suerte»), porque escuché una conversación telefónica de mi mamá con una tía, donde le decía lo que pasaba. Ya hacía tiempo que sabían lo que tenía y a mí me lo ocultaron. «Fue para que no te preocuparas», lo que me dijeron cuando les pregunté por qué me lo habían ocultado. ¿Ayudaba en algo esa mentira? Eventualmente tuvieron que internarlo, un buen tiempo, y operarlo. Al pedo ocultarlo. Años más tarde, me enteré hace poco que no fue sólo a mí, sino que a ÉL MISMO le ocultaron la verdad de su situación. ¡Cualquiera!

Otro ejemplo es con una gatita que yo tenía, llamada Quincy, a mis 17 años. Un día se escapó y no la vimos más. Yo no estaba en casa, justo había ido a lo de una amiga del colegio (era el día del amigo casualmente, meh). Cuando volví me dijeron que se había escapado, y empecé a pegar carteles por el barrio y buscarla. Incluso llegué a ir a ver gatos siameses que la gente había encontrado a ver si era la mía (acompañada por mi madre). Por supuesto, jamás la encontré. Muchos años después, hace como cinco aproximadamente, me entero que en realidad a mi gata la atropelló un coche y la mató en el acto. Y ellos lo sabían, lo supieron en el mismo momento que se escapó. Me lo ocultaron por más de diez años. Si me pongo a pensar, ENCIMA, se hicieron los boludos cuando me acompañaban a buscar gatos que aparecían. Una locura.

A mí personalmente las mentiras no me gustan, menos este tipo de mentiras. Siempre voy con la verdad, por más dolorosa que sea, es mejor decir las cosas en la cara del otro (sea lo que sea) que vivir con la culpa de la mentira y lo que pueda pasar cuando se enteren. ¿De qué sirve pintar la realidad cuando uno sabe lo que realmente está pasando? Yo creo que no ayuda a nadie. Por años viví con el dolor de haber perdido a mi mascota, una gata a la que amé por completo, sintiéndome una inútil por no haberla encontrado. Y me entero que había muerto. ¿Me benefició en algo esa mentira? No, en nada. ¿A mi hermano le sirvió de algo que le dijeran que se quedara pancho cuando en realidad tenía un cuerpo extraño en la cabeza? Para nada.

Mi familia tiene esas cosas que realmente no entiendo. VARIAS COSAS.

lunes, 9 de marzo de 2015

Somewhere I belong

Hay cierta felicidad en saber que siempre vuelvo a un hogar donde me esperan, hace un tiempo, mis dos criaturas favoritas en el universo.
Una tiene cuatro patas y existe en mi mundo hace 3 años y 4 meses. Es negra, adorable y mimosa. A pesar de su mal carácter, de su alergia que de a poco y con paciencia vamos curando, y de su inadecuada manera de presentarse ante perros nuevos (los rodea, su sangre ovejera es innegable, y les gruñe; hasta que finalmente les mueve la cola y los huele como corresponde a cualquier can normal), es una gran compañera.
El otro tiene dos patas y existe en mi mundo hace 7 años y 4 meses. Es mi hombre favorito, mi mejor amigo, el que me saca una sonrisa hasta cuando no puedo sonreír y con el que comparto la vida. Con el que nos entendemos a la perfección desde el primer día, y soñamos día a día con todo lo que nos queda por hacer.
Como persona de pasado depresivo que soñó muchos años con el hogar alegre al que volver, para encontrar algo feliz tras la puerta y no algo pesado que le siguiera provocando más pena; debo decir que jamás me hubiera imaginado sentir la felicidad que siento hoy. Cuando uno está tan acostumbrado a que todo sea gris tirando a negro, el "ya vas a ver..." que muchas personas te dicen, suena simplemente a un mensaje buena onda. No solemos creerle, ni pensar que en algún momento realmente va a suceder. Pero sí, era así nomás. Tarde o temprano las cosas cambian, siempre y cuando nosotros también le pongamos un poquito de ganas.

Hoy mi realidad se ve un poquito como esta foto que tomé hace unos días:


Es una realidad mucho más colorida que la que alguna vez me imaginé. Me encanta. Y si a veces dejo que la vida me agobie, laboralmente más que nada, me basta con recordar que tengo este rincón del universo al que volver, y es inevitable que la nube se empiece a borrar.

lunes, 1 de septiembre de 2014

Identidad

Hace un buen tiempo me encontré en el facebook con una página que se llama STOP Gordofobia. Como reza bien su título, más que nada la idea es compartir historias de personas que han sufrido o sufren las delicias sociales de ser gordo, o comparten sus visiones inmensamente positivas hacia la vida. La cuestión es que desde que leo esa página, que me lleva a ver decenas de historias y encontrarme con que no fui la única que ha sufrido; y leer tantas palabras con las que me siento profundamente identificada, algo muy lindo está cambiando desde lo más profundo de mi ser. Mi visión de la vida, por así decirlo, algo que siempre me trajo problemas, está mutando a algo realmente positivo. Y me lleva a querer contar mi historia, y compartirla, porque quizá a alguien le sirve, como a mi me sirvió leer todas esas cosas, y me sirve aún.

Yo siempre fui obesa. En parte porque me encantaba comer dulces, mis padres no tenían problemas económicos y siempre me mandaban a la escuela con algún billete en el bolsillo. En el colegio había un kiosco en el cual recuerdo que casi en todos los recreos me compraba un alfajor milka, entre otras cosas. Cuestión que mis primeros años de escuela primaria transcurrieron sin problemas, siempre fui la "tonta de la clase" (en el buen sentido, era graciosa) y hasta las chicas de secundaria me venían a buscar para que les imite ruidos de animales, o para jugar a cualquier cosa. Por otro lado, era alérgica, y en aquel entonces el único tratamiento que había era una dosis semanal de corticoides que me inflaron de a poquito.

Cuando cumplí 10 años, a mis padres, que trabajaban a sol y sombra (a mi me han criado terceros, pero a mis padres los veía sólo de noche), como la escuela donde estaba no era doble turno y no tenían con quien dejarme, no se les ocurrió mejor idea que mandarme a una escuela nueva.

10 años. Mi primer nombre es Rosa, lo cual en esa época evidentemente era una aberración de la naturaleza (esto fue hace unos 20 años, allá por principio de los noventa). Obesa. Y en esa nueva escuela empecé a aprender otras cosas de mi persona también. Que era desagradable, horrible, espantosa, ridícula, inmunda. Que me iba a morir sola, que nunca nadie iba a quererme, que cómo podía salir a la calle siendo tan horrible. Hubo un momento en que empecé a sentir todas esas cosas, que quizá antes también estaban pero yo era tan feliz en mi mundo alegre que no les prestaba mayor atención. Pero ahí era la nueva, estaba sola, todos los grupitos estaban ya armados. Imposible escaparse.

El bullying en mi caso se dio de varias maneras. Me insultaban de todos los colores, quienes se hacían llamar mis amigos en cuanto podían me ponían en ridículo. Cuando llegaba la hora del recreo me perseguían por todo el patio, y terminaba encerrándome en el baño, mientras los escuchaba decirme todas esas cosas horribles que sabían decirme. Incluso chicas de otros cursos, con quienes yo no tenía trato, se divertían burlándose de mi todo el tiempo. Llegaron a agredirme físicamente unas cuantas veces, a empujones y otras cosas igual de bonitas. No paraban.

Llegar a casa no cambiaba las cosas. Mi hermano y mi papá también me decían gorda, se reían de mí y me maltrataban. A ver, que yo con 10, 11 años llegaba a casa luego de horas encerrada en un colegio donde no quería estar, para encontrarme con un ambiente familiar de mierda que más que apoyo parecía que les seguían el juego a los que me ridiculizaban ya todo el día. ¡Divino!

Vivía llorando. No por esto dejé de comer, así que si bien me daba asco a mí misma seguía siendo una bola. Creo que incluso me llevó a comer más. No soportaba verme al espejo, sentarme y ver esos rollos, lloraba y me preguntaba por qué era tan horrible, por qué nadie me quería, por qué nadie me aceptaba. Sin embargo tenía algunos pocos amigos, una en especial que se llama Luciana que fue mi amiga desde que éramos muy pequeñas, y creo que su amistad fue un tesoro que me mantuvo a flote durante mucho tiempo. Era mi rayo de esperanza en medio de toda la oscuridad que me rodeaba. La única de la que jamás escuché un comentario de ese estilo (aunque en su familia había algunos que no tenían problema en hacérmelo saber, por si acaso yo alguna vez me olvidaba de que era desagradable).

Las cosas fueron empeorando. Cuando llegó "el período", como si fuera poco con ser gorda y horrible me salió un vello en las piernas que mi mamá no tuvo mejor idea que combatir con crema depilatoria. En vez de empezar directamente con la cera, arrancar con la crema hizo que ese vello relativamente suave se tornara en unos cardos infames que fueron difíciles de superar por mucho tiempo. Y a todo esto anterior sumemos que siempre tuve facilidad para agarrarme piojos. No sé si tengo la sangre sabrosa o qué demonios, pero la cuestión es que vivía LLENA de piojos.

¿Van sumando? Gorda, Rosa, peluda, llena de piojos. El viaje de egresados de séptimo grado fue una tortura horrible, pero por fin llegó el final y nunca más tuve que volver a ver a ninguno de esos cerdos que se encargaron de traumarme para siempre.

Llega la adolescencia, a los 13 años sentía que la vida no iba a tener nunca nada bueno para mí, que nunca un hombre iba a quererme, que nunca tendría a nadie que significara nada bueno. Mi familia iba de mal en peor, siempre me pelee mucho con mi papá, y mi mamá tiene una clara preferencia por mi hermano que en esos momentos no ayudaba. Quise suicidarme, dos o tres veces, ya no recuerdo, pero jamás tuve la "fuerza" para llevarlo a cabo. Pero soñaba con morir, con desaparecer de este mundo y dejar atrás todo el dolor que sentía. Deprimirme y estar mal todo el día ya era cosa normal. Quería, ansiaba morir. Por supuesto seguí odiando el espejo por mucho tiempo, pensando que yo era algo que estaba mal en el mundo, por no ser delgada y bonita como las otras chicas. Intenté miles de dietas, hasta una con unas pastillas que me dejaron sin energías en poco tiempo, pero volvía a ganar el peso enseguida. En la escuela secundaria tuve la suerte de conocer grandes personas y hacerme buenos amigos, con lo cual el bullying quedó atrás. Siempre hubo algún que otro engendro que aparecía de la nada a decirme en la cara "gorda", como si tuviera un derecho divino a decirme a mí lo que yo era, lo cual no me ayudaba pero no era lo mismo que en años anteriores.

He sufrido rechazos amorosos por mi sobrepeso, me han seguido insultando por mucho tiempo y hasta pasé por esas situaciones de que ven una foto tuya y te dejan de hablar en las épocas de auge del chat. Sí, eso de enviar una foto a alguien que dice que le agradas y de golpe y porrazo te deja de hablar, porque claramente no sos de su agrado, no es un mito popular, es cierto. Y sí, también duele.

Generé un rechazo a las muchedumbres muy grande. Cumpleaños de personas donde hay más de 10 personas que no conozco, ya siento que todos me observan y me juzgan. Que me miran pensando "mirá a la gorda esa, que mamarracha", y otras cosas semejantes.

El tiempo pasó, hace casi 7 años que estoy en pareja, convivo hace 3. Me fue difícil acostumbrarme a no apagar la luz cuando estábamos "en esos momentos", pero con el tiempo aprendí muchas cosas. Aprendí a creerle cuando me dice que soy hermosa y que le parezco la mujer más linda del mundo. Cuando alguien me dice un cumplido ya no me río en su cara. El espejo ya no me da asco y no tengo ganas de morirme. Aprendí a amar mis imperfecciones, admito que me gusta comer y a pesar de haber abandonado la obesidad (pero aun tener unos kilos de más) no me vuelvo loca queriendo adelgazar por los demás. Lo que hago, lo hago por mí. Y al que no le gusto, lo lamento, soy así y nadie tiene derecho a juzgarme. Ni a mí ni a nadie. Me gusta la comida, la disfruto, de hecho soy chef pastelera. Me gusta hacer ejercicio, salgo a correr y empecé a participar en maratones este año. Y desde que leo estas historias me doy cuenta que esto que me pasó no es algo propio mío, y a pesar de no conocer a estas personas ni haberlas visto, me siento increíblemente acompañada. Es horrible que hayan tenido que pasar por esas cosas, pero es hermoso leer tantas historias de supervivencia y poder compartirlo. Y me permito sonreír y reírme cuando a alguien se le ocurre decirme "gorda", porque por supuesto, todavía muy de vez en cuando sucede.

Mis padres nunca cambiaron. Esos chicos de la primaria quisieron ser mis amigos vía facebook, pero a ninguno acepté. Como a muchos les ha pasado, estos seguro no saben las consecuencias horribles que sus actos dejaron en mi personalidad. En mi nula autoestima que, de a poco, intenta crecer. Pero hoy ya sé que no soy horrible, y que ser gordo no es una aberración de la naturaleza o un estado del cual sentir asco. Ya no me molesta lo que veo, y hasta empiezo a quererlo. Me permito ser feliz con las cosas más tontas, pero que quizá antes se veían opacadas por toda esta mochila que vengo cargando desde que soy chica. Empiezo a entender de qué se trata eso de ser feliz. Y me encanta.

Y esta semana me voy a comer una porción de torta con una amiga para celebrar su cambio de trabajo, y no me importa nada. Sí, tengo brazos fofos y soy grandota de cuerpo, ¿y qué? ¿Quién me va a decir lo que yo soy? Nadie más que yo. Y yo estoy queriendo esto que veo.

sábado, 30 de agosto de 2014

Relief

Finalmente padre terminó con la terapia para su cáncer de próstata, y por el momento le dijeron que no necesita más cosas invasivas. Su humor volvió a ser el de antes, pero eso yo ya lo sabía, no era él ese ser que estaba sentado en el sillón descontento con su vida y con la probabilidad de morirse. Morir nos vamos a morir todos, puede ser a los 80 y pico, a los noventa y pico o en cualquier momento. No es que hay una línea que nos va llevando por la vida y nos dictamina en qué momento partiremos. Quizá él lo ve diferente porque está, digamos, en la "recta final". Ya está por cumplir 82, no se está volviendo nada joven y la edad le tira en banda las cosas típicas de ser viejo.

Recuerdo que en algún momento de mi adolescencia conspiré (o quise hacerlo, porque al final nunca me animé) para que mi existencia se acortara. No tenía ganas de seguir, sentía que no tenía nada en mi futuro, que iba a ser todo igual de negro que ese presente nefasto que estaba viviendo. Pensar que por un lado están estos que no pueden aceptar que la vida en algún momento se termina, y por otro los que no ven la hora de hacer que se termine, naturalmente o de alguna otra manera.

Por supuesto que ya no pienso así, y al contrario, de verlo a mi viejo tan negado me dieron más ganas de disfrutar cada instante de lo que me pasa. Desde las cosas más boludas (que quizá no son tan boludas al final), hasta las más copadas, como ser algún viaje especial o la vida en pareja.

Me gusta vivir. En otro post ya dije que si me tuviera que morir mañana, me iría feliz por todas las cosas que a mi edad he conseguido, pero la verdad es que me alegro de haber cambiado de parecer.
Mi viejo también cambió de parecer nuevamente, y ya no dice que está mal morirse, sino que es natural. Seguramente era la quimioterapia que lo hacía sentirse más cerca de un final, más triste, en parte por las emociones y en parte por esos químicos que te deprimen hasta lo último. Pero ya pasó, y otra vez llegaron los chistes y las pavadas.

Resulta un gran alivio. Prefiero imaginarme que se va a ir así, siendo el mismo ganso de toda la vida, riéndose hasta de las cosas que no debería reírse; que sentado en ese sillón, abatido, sin ganas de nada.

miércoles, 2 de julio de 2014

Father issues II

Tras años de una frialdad tremenda, que me ha costado (y creo que aun no se terminó del todo) años de problemas mentales, mi viejo tuvo un acto de cariño hacia mi persona. Para algunos quizá es una estupidez, otros tal vez no entiendan, y estarán los que podrían llegar a comprender.

El martes pasado, mirando el partido de Argentina/Suiza (decidí que los partidos del mundial, si bien me importan un bledo, los voy a mirar con mi viejo para hacerle compañía), el tipo me acercó hacia él, y me dio una especie de ABRAZO, antes de que diera comienzo el mismo. No fue algo de cábala ni nada por el estilo, de hecho él no está contento con la selección como la mayoría (que creen que salen campeones), fue...simplemente otra cosa. Estamos hablando de una persona cuyo único gesto de afecto que recuerdo, es envolviéndome bien bien con sábana y acolchado (le decíamos "hacer sanguchito") cuando estaba en la escuela primaria, antes de dormirme. Y después, algún que otro abrazo en medio del frenesí futbolero, cuando íbamos juntos a la cancha, allá por los años noventa.

Hoy, mi hermano llegó a casa de ellos con un problema personal, y lo primero que obtuvo departe de mi viejo fue un consejo. UN CONSEJO. DE MI VIEJO. Quizá no todos están al tanto, pero algo así de su parte es casi tan ilógico como esperar salir de tu casa y encontrarte una bolsa con 10 mil dólares en la puerta. 

Llegamos acá a mi casa a tomar unos mates, y los dos nos mirábamos sin entender lo que habíamos escuchado. Este tipo, que jamás te da una palabra de apoyo, que jamás se sentó con ninguno de los dos a darnos un consejo, nunca un mimo desinteresado por el sólo hecho de mimar a un hijo, nunca nada; de pronto sale con estas cosas. Y estábamos los dos con una mezcla de miedo y duda. Claro...¿qué se siente tener este tipo de padre? ¡No lo sabemos! Mi hermano tiene 36, yo 30, y de verdad que no sabemos cómo reaccionar a estas cosas.

Por lo pronto, ya le avisé que el sábado le caigo con comida comprada a ver el partido contra Bélgica. De verdad que me da lo mismo todo, pero en el último que miré con él (el único que miré), sentí que había algo especial entre los dos. No sé cómo explicarlo.

Temo por este hombre que, de pronto, recordó darnos lo que muchos años estuvimos esperando. Me siento tan sorprendida como un nene cuando aprende a caminar. Algo así.

-----

EDIT: Encontré gracias a Quino, a alguien que me comprende:



jueves, 12 de junio de 2014

Father issues

Mi relación con mi viejo siempre fue complicada. No compartimos nunca nada, no hubo buenos momentos, no tengo de esos recuerdos tipo película yanqui de sentarnos a tener una buena conversación o mirar una película en silencio. No hubo apoyo, ni consejos positivos, ni abrazos... nada. Cero en todo.
Toda mi adolescencia fue un intento de comprender qué era lo que yo hacía mal para merecer ese padre ausente que tenía ante mí. Que cada vez que pudo me dijo cosas que, lamentablemente, jamás voy a olvidar. Que jamás dijo nada bueno que perdurase en el tiempo. Al principio intenté conectarme, hasta fui su "hija futbolera", ya que lo único que hacíamos juntos realmente era ir a la cancha a ver a independiente. Ahora que lo pienso... creo que eso también aportó a mi actual odio por los 11 gansos persiguiendo a la pelotita. Pero no me quiero ir por las ramas.
Con los años mi intento de querer entender se transformó en odio. Sí, lo odié, muchas veces lo odié. Pasé de querer ser su hija a detestar la forma en que me respondía, en que me decía las cosas. Nunca fue agresivo físicamente, pero sí es un maestro del herir con palabras. Sabe exactamente qué decirte que te va a dejar destrozado en segundos. Y si sos débil como yo... ni te cuento.
Pasó el tiempo, me mudé, y las cosas cambiaron. A pesar de que sigo viéndolo todos los días porque trabajamos juntos, ya no es lo mismo. Yo tengo un espacio, mi espacio, y soy feliz en él. Ya no escucho todas las cosas que me molestaban: el tango a las 6 de la mañana, los gritos, las peleas, los reproches, y tantas cosas más.

Hace dos días papá empezó con un tratamiento de un mes, de rayos, para intentar que su cáncer maligno de próstata no se esparza por el resto de su cuerpo. Este hombre, que siempre pareció tan jovial y que tan poco aparentó la edad que realmente tiene (cumple 82 en noviembre), en pocos meses envejeció lo que nunca en años. Está achacado, viejo, gris, apagado, triste. ¿Será por el cáncer? ¿Será que, de pronto, siente a la muerte más cerca? Porque es verdad que todos vamos a morir, pero una cosa es saber que algún día te vas a ir, y otra es de pronto caer en la cuenta que tu cuenta años ya no marca una línea (aunque nunca es fija) que mira bien lejos a futuro.

Y este señor, este viejo, que en algún momento tanta bronca me dio, al que quise comprender, al que más de una vez quise meterle una cachetada enorme en el medio de la cara, me está destrozando el corazón. Por supuesto, siempre supe que me iba a poner triste, a pesar de todo es mi viejo. Pero verlo así, sentirlo así... es ir a su casa y volver con una sensación de tristeza tremenda. De pronto siento que un día no va a estar más, y me va a quedar un vacío gigante adentro. Un vacío que no voy a poder llenar con nada, y que no puedo remediar, porque son cosas que la vida simplemente decidió no darme.

Llegan esos momentos que uno no está preparado para aceptar. Quizá todavía le falte, ojalá así sea y que no sean años de estar postrado y envejeciendo lastimosamente. Pero sí sé que son momentos reales, más reales que antes, y no sé bien cómo reaccionar a esto. Me siento rara. Y no me gusta.

Estúpido cáncer. Parece que te gusta mi familia, ya que nos visitás bastante seguido.

martes, 13 de mayo de 2014

La vie est drôle

Estos días escucho mucho opiniones negativas respecto a la vejez y la muerte, porque mi viejo ya transita unos 80+ que no los está llevando bien. No los lleva bien porque él no quiere, porque en realidad el tipo vivió una vida muy plena, una gran juventud, hizo muchas cosas que pocos han tenido la chance de hacer, disfrutó, jodió, conoció gente. Así y todo hoy, a sus 82 pirulos, se queja de que está viejo, y en vez de pensar en todo lo bueno que hubo piensa en lo malo del ahora.
Creo que a esa edad pocos van a ser los que estén al 100%. Y de hecho, a pesar de un cáncer que lo tiene haciéndose rayos, el tipo está muy bien. Lúcido. Con la mente aún brillante. ¿Por qué se queja tanto?
Yo tengo 30 años y pienso que si mañana por alguna razón no estoy más, o me dicen que tengo X tiempo para vivir, podría intentar ver el lado bueno de las cosas y no todo lo malo. Obvio, tengo mucho por hacer y seguramente un poco me quejaría, pero la verdad es que hice bastante. Viajé mucho, conocí lugares increíbles, personas geniales, gané y perdí grandes amistades, me independicé de la casa de mis viejos, tengo trabajo, pude estudiar lo que se me cantó (y lo sigo haciendo), jugué muchísimos juegos, fui a toneladas de recitales. Si miro para atrás en todas las cosas que pasaron me doy cuenta que así y todo con todas las cosas feas que han pasado, tuve una linda vida, y no puedo quejarme. Hoy estoy bien, me siento feliz.
En muchas películas y en la vida misma, cuando a alguien le dan la noticia de que está por partir o sabe que se está muriendo, se les ocurre recién ahí revisar su vida y ver qué cosas les quedan por hacer. A lo mejor eso sería más útil hacerlo cuando todavía no sabemos nada, y de paso, ir disfrutando de a poquito en cada paso.

¿Qué me gustaría hacer?

Quiero seguir viajando, conocer Europa, Egipto, algunas playas hermosas (no estas mugres que tenemos los argentinos en la costa). Me encantaría ir a Irlanda, Escocia, Grecia. También países de nuestro increíble continente, hasta quisiera ver el Central Park alguna vez, mirá lo que te digo.
Algún día me gustaría tener una casa con un gran parque y poder tener a los perros sueltos jugando como locos todo el día. Y qué lindo sería tener una pastelería.
Me voy a seguir tatuando. Voy a seguir haciendo regalos a la gente que quiero. Quiero volver a tener una navidad en una quinta, como hicimos hace unos años. Fue sin dudas la mejor navidad que pasé.
Quiero seguir disfrutando momentos con mis amigos, sea ir a tomar un café como ir al cine, o estar charlando en un sillón. Ah, y quiero ver muchas películas, y seguir leyendo muchos muchos libros.
Mis deseos no son tan imposibles y creo que con ganas se pueden ir haciendo. No es que digo esto en papel de "oh, todos nos vamos a morir" catastrófico, sino que a veces nos olvidamos de mirar lo bueno que está pasando, o que pasó. Si nos concentramos, incluso el más terco de nosotros puede encontrar cosas buenas en su vida. Y a lo mejor, dejar de ver todo tan oscuro, el vaso tan vacío.

¿Hay cosas que aún no hiciste y podés hacer? ¿Qué estás esperando?

jueves, 19 de septiembre de 2013

Back on track

Sepa disculpar el lector la falta de posteos.

Luego de la ida del abuelo no tenía muchas ganas de sentarme a escribir o de pensar mucho. Fue un momento bastante pedorro, sobre todo para mi vieja. Ella fue, junto a su mamá y una prima, la que estuvo al lado de él en todo momento desde que empezó esto, y haber tenido que presenciar el deterioro así de un ser querido la verdad la tenía destrozada. Hoy la veo un poco más relajada, lamentablemente uno termina aceptando que es "para mejor" el que ya no estén, aunque no se deja de extrañar al otro.

La vida sigue y nosotros tenemos que seguir, ¿qué remedio?

Preferí dejar pasar un tiempo para no caer en el posteo de cosas grises y tristes, y creo que fue para bien. Ya no se ven tantas nubes en el panorama y se puede retomar el camino, y hacerse mala sangre -o no- por las mismas cosas de siempre.

Vinieron siendo unos meses de acumulación de malas ondas, pero ya puedo ver un poco el azul del cielo nuevamente.

Volviendo a la rutina.

Hola a todos :)

viernes, 6 de septiembre de 2013

Time to say goodbye

Mi abuelo y yo no tuvimos la típica relación abuelo/nieta que se ve en las películas, ni cerca. No porque él haya sido una mala persona ni nada por el estilo, simplemente que las circunstancias de la vida nos tenían un tanto lejos. Así y todo, era mi abuelo, y yo lo quería mucho. Es el único abuelo del que tengo algún recuerdo, ya que los papás de mi viejo murieron hace tiempo. Mi abuelo paterno murió cuando yo era muy pequeña y sólo tengo uno o dos flashes de él guardados en mi memoria.

Mis abuelos maternos vivieron gran parte de su vida allá donde nacieron y habían vivido toda su vida, en Montevideo. La mayoría de mis vacaciones de infancia consistieron en ir a esa casa donde tenía varias amistades. Esos viajes siempre me gustaron mucho, no sólo porque siempre adoré irme de vacaciones, sino porque visitar a mis abuelos siempre me gustó mucho. La casa era muy bonita, llena de plantas, tenía un huerto en el frente donde hasta había una planta enorme de zapallos que en verano se llenaba de vaquitas de san antonio y otros bichitos igual de lindos. Recuerdo que la habitación donde dormíamos con mi hermano cuando íbamos de visita tenía camas cuchetas, yo dormía arriba pero con esas maderas que te traban porque si mal no recuerdo, una vez me caí. Nos encantaba ir de compras a un hipermercado que tenía muchos juguetes, en uno de esos viajes me acuerdo que me regalaron un juego de mesa de "La Sirenita". Estaba re bueno ese juego.

El viejo siempre fue un tanto loquito, pero para bien. Le gustaba gritar cuando iba al supermercado, cosa que la ponía re loca a mi abuela, pero a mi me causaba mucha gracia. A veces le seguía la corriente y me ponía a hacer ruidos yo también. En los colectivos, se ponía a hablar sólo o con otras personas en un idioma que se le ocurría en el momento, para sorpresa de sus acompañantes de asiento, que se lo quedaban mirando como creyendo que el tipo se había escapado de algún manicomio. Con el correr de los años y cuando mi vieja empezó a ver que la salud ya no era la de siempre, decidieron venirse a vivir a Buenos Aires, para que los tenga ella más cerca por si necesitaban algo. Atrás quedaron esos viajes, y supongo que eso también influyó en su salud, pues a pesar de las buenas intenciones de mamá creo que siempre se extraña el lugar donde uno ha crecido. A pesar de que acá estaban bien, sé que siempre extrañó su lugar. Pero encontró cosas que le gustaban hacer. Tenía un banco de la plaza que queda acá cerquita ya prácticamente reservado para él, donde adoraba ir después de comer a tirarle pancito y maíz a las palomas y cotorritas. Y también le gustaba mucho jugar al truco, actividad que hacía todos los días en un centro de jubilados del barrio, hasta que ya no pudo ir más.

Lamentaré siempre que sus últimos días no hayan sido tranquilos como él se merecía. Su salud desmejoró muchísimo y pasó casi tres semanas internado en un sanatorio, donde se iba deteriorando de a poquito. Pero sí me quedo tranquila de que se fue mientras dormía, con ayuda de algunos calmantes, así que sé que no sufrió en sus últimos minutos.

Me gusta creer que va a ir a un lugar lleno de verde, donde siempre sale el sol, lleno de pajaritos y cotorritas a los que darles miguitas de pan cada día. También voy a mentalizarme en que mi perrita Atena lo va a ir a buscar para acostarse a sus pies, algo que le gustaba mucho cuando él venía de visita. Mi perra lo quería mucho, y sé que él la quería mucho también.


Un abrazo, viejito. Espero que llegues pronto a ese lugar tan bonito donde te merecés estar.

lunes, 8 de julio de 2013

A place called home

El mes que viene se cumple 1 año desde que convivo con mi novio (sin padres de por medio), alquilando un departamento muy bonito de dos ambientes. El tema es que acá (en Buenos Aires al menos, no sé como será en otros lados) el segundo año de contrato de alquiler aumenta, en general un 20% (con suerte, a veces 25/30%) sobre el valor del primer año, y como las expensas también decidieron aumentar copiosamente desde que vivimos acá, empezamos a buscar otras opciones.

Lo malo de mudarse -de nuevo- es que para entrar en un departamento te arrancan la cabeza. Mínimamente son 4 meses, entre el depósito, el mes adelantado y los honorarios de la inmobiliaria (a menos que tengas la suerte de conseguir por dueño directo), y a esto a veces hay que sumar impuestos y las firmas ante escribano para el contrato, y demás. Resumiendo: se te va fácil la mitad de la plata que pudiste haber ahorrado en un largo período de tiempo.

Y lo peor de todo, es volver a lidiar con los avisos.

Fotos que muestran cosas que no son, precios desorbitados, y pequeñeces que te terminan hartando.

Uno de los que fuimos a ver, fue uno que nos recomendó una inmobiliaria que llamé preguntando por otro que ya estaba reservado. Ya ir a ver algo de lo que no viste fotos, es complicado. Pero, el precio del alquiler nos dio a entender que sería un lugar medianamente pasable, además que por teléfono nos dijeron "está en buen estado". La primer mentira de todas. El lugar era viejo, despintado, con manchas de humedad gigantes, el baño todo manchado de sarro (hasta en la bañera), un desastre de principio a fin. La terraza estaba llena de agujeros (por los que se filtraba la humedad que se veía en los techos de abajo), y encima nos dijeron que en medio año vendrían unos obreros a construir una habitación más ahí. "Pero serán 10 días nomás, no creo que los molesten". No, si a mi me encantaría tener la casa hecha un quilombo por meter una habitación más, tranquilo eh.

Otro era una especie de casa refaccionada dividida en varios departamentos. Aprovechando que había tres libres los vimos todos. El que tenía lindo el baño, tenía un living del tamaño de una caja de zapatos, y no tenía horno (estoy maravillada, es la primera vez que veo departamentos reciclados a nuevo que no tienen horno). El que tenía horno y todo, tenía el baño del tiempo del ñaupa, con sarro y todo lo de siempre. Y el que tenía un living enorme con hogar a leña inclusive, tenía todas las ventanas dando al techo de la gomería de al lado, donde cientos de distintos objetos de dudosa procedencia se oxidaban al aire libre (no me quedé lo suficiente como para verificar si en efecto también habría ratas). Ah, este tampoco tenía horno. ¿La gente tiene hornos abajo del brazo cuando se está por mudar? Misterio.

Al final, de tanto ver avisos, tanto llamar, tantas fotos que te tiran abajo y otros tantos lugares que fuimos a ver, notamos que no hay nada en precios razonables que sea por lo menos parecido a este donde estamos alquilando ahora.

¿Moraleja? Y bueno, nos aumentan el alquiler el mes que viene, pero es lindo el departamento podrido este. Nos apretaremos un poco, gastaremos un poco menos (o ahorraremos menos mensualmente), pero por el momento en este lugar encontramos un sitio al que llamar "hogar" que no pudimos ver en todos los otros que anduvimos mirando.

Hasta que aparezca otra cosa, querido departamentito, seguirás siendo nuestra cucha.


Mi parte favorita del departamento :B

sábado, 22 de junio de 2013

Palazo a la infancia

Recuerdo que una de las cosas que más me gustaban de diciembre era la supuesta llegada de Papá Noel. En casa mis padres tenían esa costumbre de poner los regalos una vez que nos íbamos a dormir, y al otro día mi hermano y yo nos encontrábamos con los paquetitos al pie del árbol. Una de las navidades que más recuerdo fue una en que me regalaron la casita de Pinypon, y a mi hermano una torreta de Rambo que medía como 1 metro y estaba buenísima (sí, siempre fui medio marimacho. Obvio que jugué con la torreta).


¡¡Era esta!! Cuántos lindos recuerdos, parfavaaar.

La cuestión es que no recuerdo bien cómo empezó esta cosa de creer en el barbudo, pero era una felicidad enorme saber que llegaba. Otra cosa que me viene a la mente es un flasheo que tuvimos una vuelta con mi mejor amiga de la infancia, estábamos en su casa y de pronto decíamos que "podíamos escuchar el trineo de papá noel con sus renos". Hoy me acuerdo y pienso que éramos dos pelonchas, pero la verdad es que tengo la sensación de haberlo sentido.

Lo que sí recuerdo es cómo terminó esta ilusión, con alguna que otra.

Como mis viejos trabajaban todo el día, cuando empecé segundo grado tuvieron la recontra de mierda gran idea de cambiarme de escuela, a una de esas privadas de monjitas y otros adminículos católicos. Con mis escasos siete años, de pronto me encuentro en un lugar mucho más grande, más lejos de casa y con muchísima gente que no conocía. En eso, en las primeras semanas de clase, recuerdo claramente a una compañerita que se llamaba Eva (ahora que analizo el nombre resulta bastante irónico) que se me acerca y me dice:

Eva: "¿Vos crees en Papá Noel?"
Zoqueta: "Sí"
E: "Papá Noel son los padres"
Z: *cara de me estás arruinando la infancia*
E: "Y los nenes tampoco nacen de un repollo ni los trae la cigüeña. Tus papás hacen el amor"
Z: *cara de mi infancia quedó oficialmente arruinada*

No sé por qué estos días me venía acordando de ese momento clave en que parte de mi inocencia se fue al retrete, con las palabras de esta maldita criatura llamada Eva. Quien, de hecho, con el correr de los años demostraría ser un engendro de Satanás. Pero, en fin, hay cosas que no se van de la memoria, y el día que me dijeron que el barbudo no existía y que en algún momento podría tener la mala suerte de interrumpir a mis padres haciendo la chanchada, fue un día que jamás voy a olvidar.

PD: Finalmente llegó ese día en que interrumpí a mis padres. Ay yo y mis ganas de vomitar esa madrugada...qué inoportuna.

lunes, 29 de abril de 2013

Contar

Me indigna lo poco que tolero las cuestiones que involucran mi familia. Siempre me suena esa musiquita en la cabeza de la gente que me dice muy seguido "tenés que contar hasta 10 e ignorar todo lo que te haga mal" pero hay veces (como hoy) en que me dejo llevar por el enojo y termino explotando y mandando a la mierda al que me está molestando, lo que después deriva en caras de culo al por mayor y días de sentir en la nuca ese rayo de mierda que te están enviando cuando te tienen mucha bronca.

En un mundo bonito e imposible yo tendría una familia que me cayera un poco mejor, por lo menos. Pero no tuve nada de esas cosas de nene normal que hubieran ayudado mucho: los campamentos en familia o cualquier tipo de viaje todos juntos, fiestas o fechas especiales con mucha gente, una abuela que me horneara galletitas cuando yo fuera a jugar a su casa, un hermano con quien compartir todo, apoyo, conversaciones, juegos; en fin, todas esas cosas que para mi punto de vista son salidas de una película yanqui, no existieron.

A mis casi 30 años podría de una vez dejarme de joder con pensar en esas cosas y tratar de ver el vaso medio lleno por otro lado: mi novio es un compañero increíble y tengo algunas amistades que valen tanto que sólo pensar en ellas ya me hace olvidar la mala onda. Son realmente mi verdadera familia, aunque no haya crecido con ninguna de ellas. Pero estas cosas me siguen rompiendo las pelotas y me hacen pensar que yo estorbo en esa familia, que estoy de más. Y si hay una sensación muy fea es la de sentir que uno sobra entre sus familiares.

Otro condimento para agregar a la lista de motivos por los cuales no quiero tener hijos: la familia en forma de mochila llena de piedras que le pondría en la espalda nomás nacer. Ni en pedo haría pasar a otro por esto. Sería una crueldad.

Hay gente que tiene muchas ganas de romperle las pelotas a uno.


miércoles, 30 de enero de 2013

Explosión

Mi paciencia está llegando a su límite, pero de nada me sirve que me digan "eh, pero el año recién comienza". No, mi año laboral todavía sigue vigente desde la última vez que me fui de vacaciones (enero 2012) y la mala onda ajena ya me está trepando hasta el hipocampo provocándome convulsiones mentales.

Hay algo trágico en trabajar con la propia familia. Nunca se lo recomendaré a nadie. Y más trágico cuando no hay buena onda ni familiar, para empezar. Mi problema es que cuando arranqué, no tenía experiencia en nada y ya tenía unos 23 años, más una depresión por haber dejado la carrera que más me gustó en la vida (veterinaria) y haber fracasado en otra que no me gustó ni al medio año de empezar a cursarla (turismo), y en vez de buscar afuera aproveché que mi título secundario y un poco de práctica eran más que suficientes para empezar a laburar de lo que hacen mis viejos, incluso en algún momento hasta puedo llegar a ser más completa porque mi matrícula me habilita a firmar los trámites que hago. Económicamente me re convenía y me sigue conviniendo. Pero mentalmente....creo que no fue una buena elección.

Hoy por hoy ya pasé los 12 meses de que laburé sin irme a ningún lado, y ya el cerebro se me está achicharrando. Mucha mala onda, mucha bardeada por la espalda, mucho lleva y trae que es un rasgo lamentablemente muy presente en TODA la línea de mi familia (sobre todo la materna), mucho mal entendido. Y yo no soy una persona con paciencia, ni tengo amor ni tranquilidad para aguantarme a nadie que me rompa las pelotas. No sé contar hasta 10, no sé respirar tres veces y calmarme, no sé decir "no me importa" porque en el fondo a pesar de considerarme una persona antisocial y asquerosa, soy familiera pero en el siglo equivocado. Quiero ser familiera pero la vida no me deja. Y mi instinto familiero me traiciona, y me lleva a hacerme mala sangre cada vez que pasa algo.

Así con toda esta mala onda, con una necesidad imperiosa de alejarme un poco de todo lo que sea laboral y familiar (exceptuando por mi familia nueva, porque me tocaron los mejores suegros y cuñados que podría haber pedido), me despido por unos días ya que el viernes bien tempranito me subo a un avión y me olvido del autocad, y de los clientes, y del teléfono, y de los distritos, y de los datos catastrales, y del servidor del gobierno de la ciudad de buenos aires que es una cagada de mono con hepatitis.

Por fin llegaron las putas vacaciones ¡Las estaba esperando!

¡Salud!

martes, 29 de enero de 2013

Deberes hogareños

Yo pensaba que la mayoría de los adultos que consideramos "cavernarios" eran hombres, pero hay mujeres que me sorprenden por su falta de interés en la libertad (propia y ajena).

A lo largo de la historia se ha visto que la mujer siempre es confinada a limpiar la casa, cocinarle al marido, hacerle los mandados, pagarle las boletas (con la plata que el marido gana) y criarle los hijos. Y todavía hoy en pleno siglo XXI hay personas que siguen pensando las mismas gansadas, y lo dicen abiertamente, sin vergüenzas.

En mi familia hay varios de estos cavernícolas. Por un lado hay uno muy machista y liberal en el sentido amoroso de la vida, que está a favor del cuernazo y cuando sus hijos (hombres) eligen finalmente a alguien con quien querrían pasar el resto de sus vidas, en lugar de ponerse contento el tipo les recomienda abiertamente que no cometan ese error y que "antes de casarse hay que andar con muchas mujeres". Cabe destacar que este buen hombre está casado y vive con su mujer. Un amor. Y por otro lado, mi vieja. Mi mamá tiene una adicción a "mimar" demasiado a los miembros de la familia, está siempre muy pendiente de que todo esté hecho, y además que siempre le gustó limpiar como cable a tierra, para olvidarse de la mala onda del trabajo. Siempre pensé que estas cosas las hacía en parte porque le gustaban, y en parte porque en su casa no siendo con ayuda externa nadie hacía nada, pero la cosa es que ahora que me mudé me encuentro de vez en cuando con conversaciones como esta:

Madre: "¿Y Matías (novio) como está?"
Zoqueta: "Bien bien, por suerte"
M: "¿Llega tarde del trabajo? Pobrecito, apenas tiene tiempo libre, ¿no le planchás la ropa?"
Z: "Ehhh no, yo no uso ropa planchada. El que plancha es él, que a veces necesita"
M: "Ayyy pero que mala, no lo ayudás, pobre santo, tenés que planchar vos"


La única cara que me sale cada vez que me dice una estupidez semejante

Así que la señora piensa que yo debería planchar y hacer la mayoría de las cosas sola porque el tipo trabaja y tiene poco tiempo. Curiosamente, yo también trabajo, y paso horas fuera de mi casa. Cuando llego de noche gracias que ordeno un poco lo que yo ensucio por estar en casa, ¡pero lo único que me falta! Y si le respondo algo como "¿O sea que para vos tengo que hacer todas las cosas de la casa yo sola porque soy la mujer?" se hace la tonta y no me responde. Y sé que piensa de esa manera.

La verdad, a esta altura de la vida me parece triste que algunas personas sigan teniendo metidas en la cabeza esas cosas que ya no funcionan. Ya no es la mujer la que se queda de ama de casa criando los pendejos, ni el hombre el que llega y se echa en el sillón a tomarse la cerveza y mirar el partido. Las cosas se hacen de a dos y en equilibrio. Malísimo que siga habiendo gente que piense otra cosa.


Un día voy a matar a alguien, lo sé

Y lo peor, es que no es algo que me sorprenda escuchar. Y ni hay que escuchar, si uno mira atentamente, todavía hay gente que vive de esa forma.