Faltan exactamente 9 días para nuestras vacaciones, y ya estoy entrando en modo *emoción total*.
¿Hay algo más lindo que viajar? ¿Que escuchar, ver, sentir cosas que no te son cotidianas porque te alejás del lugar donde viviste toda tu vida?
Lo primero que pienso en este momento es que me voy a topar de nuevo con un lugar donde la gente es muy diferente. Una de las cosas que recuerdo de ese país es que podía caminar tranquila sin tener que estar constantemente mirando el piso. Para los que no conocen Buenos Aires, es un campo minado de excremento de perro. La gente no sé qué problema tiene pero no levanta lo que su perro deja, y de verdad que no hay vereda que no esté sucia. Ni una.
Allá recuerdo que bajé del tren en una ciudad con mi valija de ruedas pensando «Uh, qué macana, voy a ensuciarla toda». Nada. No había nada en la vereda. ¿Me conformo con poco? Tal vez. O será que realmente donde vivo a veces pienso que la gente tiene tan poca solidaridad que ya se olvidó de lo que es vivir en sociedad.
Necesito desenchufarme de esta ciudad. Necesito alejarme un poco de lo nuestro. Olvidarme por unos días de lo que está mal, de los problemas, del estrés por el trabajo, del cansancio, de todas esas semanas que trabajé 7 días de corrido sin parar, de todas esas madrugadas que me dediqué a trabajar quedándome casi dormida sobre el escritorio. De los fines de semana que no disfruté como es debido por estar haciendo mil cosas. Ya estoy ansiando esos preciados 15 días sin Buenos Aires.
Eso sí, voy a extrañar a mi perra.
Dicen que todos cambiamos a medida que vamos madurando. Yo la verdad no sé que decirles, porque sigo siendo la misma pelotuda.
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miércoles, 10 de mayo de 2017
martes, 18 de abril de 2017
Recuerdos
Mi papá tiene 84 años. Cuando era joven, su papá no lo dejó estudiar en la universidad porque (como buen italiano) consideraba que era una pérdida de tiempo, y que era hora de salir a trabajar. Tenía un excelente promedio en la escuela, de la cual egresó como técnico mecánico. No obstante, las ganas de saber más y de tener una buena profesión lo llevaron a interesarse más que nada en el dibujo técnico, algo que ya manejaba por la escuela (antes los planos se hacían a mano y con una tinta especial, no como ahora que es todo por computadora), y gracias a lo cual eventualmente logró dos cosas: por un lado, tener buena mano para el plano de dibujos municipales, con lo que tuvo un trabajo como gestor de habilitaciones comerciales por muchísimos años; y por el otro, tiene una caligrafía hermosa.
En su casa moraba su eterno tablero de dibujo.
Sentado en ese tablero, a la luz de una lámpara de pie, lo vi miles de veces dibujando sin parar y sin horario. Encorvado sobre sus hojas de calco, con ese pulso increíble que (aún hoy) lo caracteriza. Desde que tengo uso de memoria y que recuerdo, ese tablero nos ha acompañado en casa, ininmutable. El paso del tiempo hizo un poco de estragos sobre él, pero seguía siendo una maravilla. En ese tablero yo también me senté a su lado varias veces a dibujar, cuando era chica, esos garabatos tan graciosos que todos hicimos alguna vez siendo niños, mientras él trabajaba. Era un pequeño momento que compartíamos los dos. En ese tablero también aprendí yo el arte del dibujo técnico, ya que unos añitos después me tocó a mí ir a una escuela técnica. Me turnaba entre este y el tablero ese chiquito que llevábamos a la escuela, pero yo prefería este, siempre me resultó más cómodo. Tenía un algo muy especial.
Con el paso del tiempo, mi papá dejó de dibujar. La vista ya no le daba para tanto y lo reemplacé yo con el dibujo, justo cuando la tecnología le ganó al arte manual. Los planos ya no servían si no eran dibujados en AutoCAD, algo que a mí me convenía (y aun me conviene, es parte de lo que me da de comer cada día), pero que a él lo hizo envejecer más rápido. Ya sus dibujos no eran necesarios. Por más que quiso, no pudo dibujar más en ese tablero, y pasó a ser un decorado en la oficina que tienen ahí en su casa.
Tras mucho tiempo de meditarlo decidimos venderlo, y darle una oportunidad a otra persona de disfrutarlo. Confieso que a mí me daba cosa, por una parte porque sabiendo que la tecnología aplastó estas cosas, el tablero iba a tener que ser vendido por unas chirolas. Y por otro lado, porque sabía que era una parte de la vida de mi viejo. Tenía miedo de lo que iba a pasar con esto que era tan especial. Pero, finalmente, lo publicamos y a los meses se vendió.
Hoy, la persona que me lo compró me mandó una foto del tablero como lo tiene hoy. Renovado, parece nuevo, dándole vida a un rincón de su casa.
Se lo conté a mi viejo y se puso muy contento. Y a mí también me puso contenta. Este tablero que tantas cosas nos dio, que tanto nos acompañó, que era como una extensión de los brazos de mi viejo; hoy forma parte de la vida de otra persona que lo recibió así, con una lavada fresca de cara.
Muchas gracias, Lisandro, por devolverle la vida a esta parte tan importante de la vida de mi papá. Pusiste contento a un hombre que, últimamente, necesita algunas razones para sonreír.
En su casa moraba su eterno tablero de dibujo.
Con el paso del tiempo, mi papá dejó de dibujar. La vista ya no le daba para tanto y lo reemplacé yo con el dibujo, justo cuando la tecnología le ganó al arte manual. Los planos ya no servían si no eran dibujados en AutoCAD, algo que a mí me convenía (y aun me conviene, es parte de lo que me da de comer cada día), pero que a él lo hizo envejecer más rápido. Ya sus dibujos no eran necesarios. Por más que quiso, no pudo dibujar más en ese tablero, y pasó a ser un decorado en la oficina que tienen ahí en su casa.
Tras mucho tiempo de meditarlo decidimos venderlo, y darle una oportunidad a otra persona de disfrutarlo. Confieso que a mí me daba cosa, por una parte porque sabiendo que la tecnología aplastó estas cosas, el tablero iba a tener que ser vendido por unas chirolas. Y por otro lado, porque sabía que era una parte de la vida de mi viejo. Tenía miedo de lo que iba a pasar con esto que era tan especial. Pero, finalmente, lo publicamos y a los meses se vendió.
Hoy, la persona que me lo compró me mandó una foto del tablero como lo tiene hoy. Renovado, parece nuevo, dándole vida a un rincón de su casa.
Se lo conté a mi viejo y se puso muy contento. Y a mí también me puso contenta. Este tablero que tantas cosas nos dio, que tanto nos acompañó, que era como una extensión de los brazos de mi viejo; hoy forma parte de la vida de otra persona que lo recibió así, con una lavada fresca de cara.
Muchas gracias, Lisandro, por devolverle la vida a esta parte tan importante de la vida de mi papá. Pusiste contento a un hombre que, últimamente, necesita algunas razones para sonreír.
lunes, 3 de abril de 2017
Change
En mis 33 años de vida hay algo que siempre hago con las personas: dar.
Yo no mido mucho la cantidad de "mí" que puedo darle a otro, cuando ese otro me da a entender que quiere que yo pase a formar parte de su vida. Tampoco es que voy por ahí regalando pedacitos de mí a cada cristiano que se me cruza, elijo (a veces muy mal) y después me encuentro con que del otro lado no hay un equilibrio ni cerca. Uno da pero no recibe lo mismo a cambio. ¿Naturaleza del ser humano? Quién sabe.
Cuestión que llega un punto en la vida de una persona (y si no llega, debería) en que uno se cansa de ser el que da y no recibe ni un poco a cambio. El que escucha siempre, el que está, el que cuando el otro necesita algo no tiene problema en dejar de hacer lo que está haciendo para ayudar, y así un montón. Desde ya que, quizá les pase como a mí, no es que estamos esperando la misma cantidad del otro lado, pero sí algo.
Creo que es hora de que me guarde un poco de todo eso para mí. Ya que del otro lado no encuentro lo que yo sí sé dar como persona sintiente, me reservo parte de eso para no sentir ese vacío que queda cuando todo lo que hay del otro lado es silencio.
Se los recomiendo.
Yo no mido mucho la cantidad de "mí" que puedo darle a otro, cuando ese otro me da a entender que quiere que yo pase a formar parte de su vida. Tampoco es que voy por ahí regalando pedacitos de mí a cada cristiano que se me cruza, elijo (a veces muy mal) y después me encuentro con que del otro lado no hay un equilibrio ni cerca. Uno da pero no recibe lo mismo a cambio. ¿Naturaleza del ser humano? Quién sabe.
Cuestión que llega un punto en la vida de una persona (y si no llega, debería) en que uno se cansa de ser el que da y no recibe ni un poco a cambio. El que escucha siempre, el que está, el que cuando el otro necesita algo no tiene problema en dejar de hacer lo que está haciendo para ayudar, y así un montón. Desde ya que, quizá les pase como a mí, no es que estamos esperando la misma cantidad del otro lado, pero sí algo.
Creo que es hora de que me guarde un poco de todo eso para mí. Ya que del otro lado no encuentro lo que yo sí sé dar como persona sintiente, me reservo parte de eso para no sentir ese vacío que queda cuando todo lo que hay del otro lado es silencio.
Se los recomiendo.
lunes, 16 de enero de 2017
Memories
Un año como este, pero hace 20 años, mi cabeza era muy diferente a lo que es ahora. Maquinaba las cosas de distinta manera, reaccionaba siempre de forma negativa. Tenía 13 años, recién había terminado la escuela primaria —una de las peores experiencias que me tocó vivir en la vida— (aun hoy, lo sigo creyendo, 20 años después). No tenía amigos o si tenía, era una, que no lograba equilibrar una balanza que estaba completamente tirada hacia el lado malo de las cosas. Me sentía derrotada, inútil, incapaz de relacionarme con otras personas, perdida, ahogada, sola. Había perdido la voluntad de vivir.
Este 2017 se cumplen 20 años de mis pensamientos e intentos suicidas. ¿Por qué escribo esto? No sé, a lo mejor hay alguien ahí afuera leyéndome que pasa por algo parecido, o que le pasó. Me sorprendió leer algunos casos parecidos, de personas que «recordaban» sus años de pena viendo hoy sus momentos de felicidad, tan diferentes a lo que sentían antes. Y ahí me di cuenta que para mí habían pasado 20 años. VEINTE años. ¡Una vida! La depresión y ese estado de soledad total son cosas que juegan con tu cabeza de una manera muy jodida. Son cosas que nos van a marcar para siempre. No porque vamos a vivir eternamente en ese estado de «nube negra». Si tenemos «suerte» (o mejor dicho, si fabricamos nuestra propia suerte, porque no es algo automático) aprenderemos sobre lo que nos pasa y aprenderemos a salir adelante. Hoy creo que puedo decir que superé esa etapa de mi casi adolescencia. Me llevó tiempo, esfuerzo, dedicación, muchos tropiezos y unas cuantas lágrimas. Pero nunca me voy a olvidar de esos momentos porque me llevaron hasta la persona que soy hoy. Me forjaron. Armaron parte de mi personalidad como un rompecabezas que se fue completando con el tiempo, pero que tiene algunas piezas viejas. Están ahí para recordarme de dónde vengo.
Estos días leo mucho sobre suicidio, sobre ayudar a otros que están en esos momentos en que sienten que no hay salida, sobre apoyo. A mí me hubiera gustado en ese momento poder contárselo a alguien, pero no tenía a nadie. No sabía a quién recurrir. Simplemente pasó que cuando tuve las oportunidades de hacer lo que quería hacer, me dio miedo seguir adelante. Algo adentro me decía que no terminara con una vida que estaba recién empezada. En ese momento seguramente no lo vi de esta manera, pero hoy que pasaron unos buenos años me alegro de no haber hecho nada. Me hubiera perdido tantas cosas. En estos 20 años no llego ni a pensar la cantidad de cosas que me pasaron. Buenas y malas. Todas experiencias. Muchas cosas increíbles.
Si conocés a alguien que está pasando un mal momento, lo ves callado, con los ojos tristes, suspirando a cada rato, mirando la nada misma y perdido en sus pensamientos... preguntale qué le está pasando. A lo mejor no sabe pedir ayuda y la necesita. A lo mejor solamente necesita que alguien lo escuche, y con eso sería suficiente.
Si vos que estás leyendo esto te sentís derrotado y aislado, no estás solo. Buscá ayuda. Vale la pena, te lo aseguro.
Este 2017 se cumplen 20 años de mis pensamientos e intentos suicidas. ¿Por qué escribo esto? No sé, a lo mejor hay alguien ahí afuera leyéndome que pasa por algo parecido, o que le pasó. Me sorprendió leer algunos casos parecidos, de personas que «recordaban» sus años de pena viendo hoy sus momentos de felicidad, tan diferentes a lo que sentían antes. Y ahí me di cuenta que para mí habían pasado 20 años. VEINTE años. ¡Una vida! La depresión y ese estado de soledad total son cosas que juegan con tu cabeza de una manera muy jodida. Son cosas que nos van a marcar para siempre. No porque vamos a vivir eternamente en ese estado de «nube negra». Si tenemos «suerte» (o mejor dicho, si fabricamos nuestra propia suerte, porque no es algo automático) aprenderemos sobre lo que nos pasa y aprenderemos a salir adelante. Hoy creo que puedo decir que superé esa etapa de mi casi adolescencia. Me llevó tiempo, esfuerzo, dedicación, muchos tropiezos y unas cuantas lágrimas. Pero nunca me voy a olvidar de esos momentos porque me llevaron hasta la persona que soy hoy. Me forjaron. Armaron parte de mi personalidad como un rompecabezas que se fue completando con el tiempo, pero que tiene algunas piezas viejas. Están ahí para recordarme de dónde vengo.
Estos días leo mucho sobre suicidio, sobre ayudar a otros que están en esos momentos en que sienten que no hay salida, sobre apoyo. A mí me hubiera gustado en ese momento poder contárselo a alguien, pero no tenía a nadie. No sabía a quién recurrir. Simplemente pasó que cuando tuve las oportunidades de hacer lo que quería hacer, me dio miedo seguir adelante. Algo adentro me decía que no terminara con una vida que estaba recién empezada. En ese momento seguramente no lo vi de esta manera, pero hoy que pasaron unos buenos años me alegro de no haber hecho nada. Me hubiera perdido tantas cosas. En estos 20 años no llego ni a pensar la cantidad de cosas que me pasaron. Buenas y malas. Todas experiencias. Muchas cosas increíbles.
Si conocés a alguien que está pasando un mal momento, lo ves callado, con los ojos tristes, suspirando a cada rato, mirando la nada misma y perdido en sus pensamientos... preguntale qué le está pasando. A lo mejor no sabe pedir ayuda y la necesita. A lo mejor solamente necesita que alguien lo escuche, y con eso sería suficiente.
Si vos que estás leyendo esto te sentís derrotado y aislado, no estás solo. Buscá ayuda. Vale la pena, te lo aseguro.
sábado, 19 de noviembre de 2016
Despertar
Suena el despertador avisándome que es hora de retomar el trabajo, estiro la mano hacia el borde de la cama donde suelo dejar el teléfono, y lo apago.
Mi mente se va despertando y amaga con traerme pensamientos que estuve tratando de bloquear toda la semana. Son cinco segundos. No llega a materializarse una nube negra porque, de pronto, tengo a Gala lamiéndome el brazo, contenta porque me desperté. Le hago un hueco a mi derecha y se sube a la cama, se acuesta a lo largo bien pegada a mí y me abraza el brazo derecho con sus dos patitas. Apoya la cabeza en mi pecho y me mira, moviendo la cola.
Automáticamente, mi marido hace un ruidito, se da vuelta hacia mi lado y me abraza, apoyando su cabeza en mi pecho, del lado izquierdo.
Así me encuentro entonces. Boca arriba, rodeada de un amor infinito. A mi izquierda, el hombre con el que comparto mi vida hace nueve años, roncando despacito, con su abrazo cálido. A mi derecha, la perra que adoptamos hace casi cinco años, feliz de verme despierta y de compartir una caricia.
La nube negra que amagó se aleja por un buen rato. Dentro de ella, los pensamientos que querían aflorar... enfermedades, cansancio, responsabilidades, la pena por la futura pérdida de una buena amiga de la familia. Son unos minutos en que lo único que puendo pensar es en lo afortunada que soy, de tener todo este amor para mí. ¿Alguna vez imaginé que llegaría un día en que me sentiría así? La verdad es que no.
Pero acá estoy, acá estaban ellos, borrando mi pena con su afecto silencioso, con sólo unos abrazos y unas caricias. Y les estoy eternamente agradecida por quererme tanto.
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Viñetas familiares
jueves, 13 de octubre de 2016
Sin voz
Desde tiempos remotos la mujer ocupa un sitio complicado en la sociedad. Todos sabemos bien de qué estoy hablando. Desde no poder votar, a no tener derecho a salario digno, a que su cuerpo sea una cosa (como aquel derecho feudal «prima nocte» de robarse a la novia en su noche de bodas), a un sinfín de situaciones en que la mujer no estuvo en igualdad de condiciones que el hombre.
Estando en el año 2016 una pensaría que en algo las cosas deberían cambiar. Y en algo han cambiado. Pero la mujer sigue siendo una cosa desechable, golpeada, maltratada, violada. No sé cómo será en otros países (en algunos lo sé) porque no siempre nos llegan todas las noticias, pero acá en Argentina las cosas están complicadas. No a nivel «no se puede salir a la calle», pero hay demasiado loco suelto. Como los dos que asesinaron hace unos días a una chica de 16 años en Mar del Plata, sin piedad.
A los 16 años yo estaba en cuarto año del secundario. Amaba a mis amigos, me gustaba salir a bailar con ellos, salir a tomar, divertirme. Todavía no pensaba en sexo, ni en hijos, ni nada. No tenía novio. Me gustaba mirar dibujitos, leer, juntarme a ver películas en casa de algún amigo del colegio, dibujar personajes de animé. Fantaseaba con el piercing de la nariz que finalmente me haría al año siguiente. No tenía mayores precupaciones que cualquier adolescente de mi edad. Me aburría estudiar, y ese año me llevaría unas cuantas materias a diciembre.
Lucía también era estudiante del secundario. Sólo que a ella la cosa se le terminó rápido, cuando dos enfermos (uno de 23 y otro de 41) decidieron drogarla, violarla y finalmente empalarla, que fue el motivo que terminó con su vida.
Estas cosas ocurren hoy en día en el país donde me toca vivir. Y sé que no es acá solamente que se dan estas cosas, no quiero ni imaginarme las aberraciones que se deben cometer en otros lados, donde la situación es mucho peor. Ayer leí la noticia de esta pobre piba, y todavía me duele en el alma, como si la hubiera conocido. Entró en mi vida en el momento en que la suya había terminado.
¿Cuándo se va a terminar toda esta locura? ¿Hasta cuándo van a reinsertar a estos enfermos en una sociedad que ya está rota? ¿Quedarán presos de por vida o los soltarán eventualmente? ¿Se seguirá enojando la gente por unos graffitis en una ciudad (en Rosario, tras una marcha por la mujer el fin de semana que pasó) en vez de indignarse por la violencia hacia la mujer?
Yo disfruté mis 16 años, pero Lucía y muchas cientos de chicas más, ya no van a poder.
Estando en el año 2016 una pensaría que en algo las cosas deberían cambiar. Y en algo han cambiado. Pero la mujer sigue siendo una cosa desechable, golpeada, maltratada, violada. No sé cómo será en otros países (en algunos lo sé) porque no siempre nos llegan todas las noticias, pero acá en Argentina las cosas están complicadas. No a nivel «no se puede salir a la calle», pero hay demasiado loco suelto. Como los dos que asesinaron hace unos días a una chica de 16 años en Mar del Plata, sin piedad.
A los 16 años yo estaba en cuarto año del secundario. Amaba a mis amigos, me gustaba salir a bailar con ellos, salir a tomar, divertirme. Todavía no pensaba en sexo, ni en hijos, ni nada. No tenía novio. Me gustaba mirar dibujitos, leer, juntarme a ver películas en casa de algún amigo del colegio, dibujar personajes de animé. Fantaseaba con el piercing de la nariz que finalmente me haría al año siguiente. No tenía mayores precupaciones que cualquier adolescente de mi edad. Me aburría estudiar, y ese año me llevaría unas cuantas materias a diciembre.
Lucía también era estudiante del secundario. Sólo que a ella la cosa se le terminó rápido, cuando dos enfermos (uno de 23 y otro de 41) decidieron drogarla, violarla y finalmente empalarla, que fue el motivo que terminó con su vida.
Estas cosas ocurren hoy en día en el país donde me toca vivir. Y sé que no es acá solamente que se dan estas cosas, no quiero ni imaginarme las aberraciones que se deben cometer en otros lados, donde la situación es mucho peor. Ayer leí la noticia de esta pobre piba, y todavía me duele en el alma, como si la hubiera conocido. Entró en mi vida en el momento en que la suya había terminado.
¿Cuándo se va a terminar toda esta locura? ¿Hasta cuándo van a reinsertar a estos enfermos en una sociedad que ya está rota? ¿Quedarán presos de por vida o los soltarán eventualmente? ¿Se seguirá enojando la gente por unos graffitis en una ciudad (en Rosario, tras una marcha por la mujer el fin de semana que pasó) en vez de indignarse por la violencia hacia la mujer?
Yo disfruté mis 16 años, pero Lucía y muchas cientos de chicas más, ya no van a poder.
lunes, 8 de agosto de 2016
11 meses después
Me topé con este post que hice hace exactamente 11 meses, un 8 de septiembre.
En él alababa la mudanza al departamento nuevo, tirando una hermosa lista de pros y una sola contra. Hoy, tras un tiempo transcurrido, debo confesar que la lista de contras ha crecido.
Los niños del edificio NO son unos santos, de hecho el de arriba desde que empezó el 2016 está francamente insoportable, no hace más quilombo porque no tiene tiempo. Llora, hace ruido con juguetes, sus padres incluso están más ruidosos. ¿Lo mejor? La madre está embarazada de nuevo. Por otra parte, en el otro departamento grande solía haber una familia de cuatro, con dos nenas que eran muy gritonas. Cuando se mudaron nos aliviamos, pensando que los nuevos podrían ser más tranquilos. Grave error: la nena de la familia es la reencarnación de Satanás.
El baño, que tanto amé el primer día, es una fábrica de hongos que cada dos semanas tengo que estar sacando, a las puteadas, porque se llena hasta el techo. No ventila, así que con dos personas duchándose, se imaginan que siempre está lleno de agua. Y encima eso, las paredes condensan y siempre están chorreando agua, así que todas las mañanas es despertarse y encontrar el baño todo lleno de agua en el piso.
Siguiendo con la humedad, toda la casa se llena de hongos. La habitación no es la excepción. El ropero está LLENO, de hecho la madera de los estantes vive húmeda. Se me mancha la ropa, y los zapatitos de verano ya están con olor a podrido. Fuera de joda. Soy alérgica a los hongos. No saben lo feliz que estoy.
Ahora este fin de semana se mudó un chico nuevo al lado, que tiene un cachorro de un año, claramente no acostumbrado a estar solo. Hoy se fueron dos horas y pico a hacer unas compras y dejaron al perro encerrado en el patio (4,5 m2 tiene el patio, como mucho). No paró de ladrar UN minuto.
Sigo pensando que es mejor que el departamento anterior, eso desde ya. Pero por primera vez en mi vida quiero que se vaya el invierno, no porque no me guste el frío (que de hecho lo amo) sino porque necesito que se corte esta racha de hongos en todos lados. Entre la alergia y el ahogarse al limpiarlos con lavandina, un poco me está pudriendo el asunto.
No tengo suerte con los departamentos, che.
En él alababa la mudanza al departamento nuevo, tirando una hermosa lista de pros y una sola contra. Hoy, tras un tiempo transcurrido, debo confesar que la lista de contras ha crecido.
Los niños del edificio NO son unos santos, de hecho el de arriba desde que empezó el 2016 está francamente insoportable, no hace más quilombo porque no tiene tiempo. Llora, hace ruido con juguetes, sus padres incluso están más ruidosos. ¿Lo mejor? La madre está embarazada de nuevo. Por otra parte, en el otro departamento grande solía haber una familia de cuatro, con dos nenas que eran muy gritonas. Cuando se mudaron nos aliviamos, pensando que los nuevos podrían ser más tranquilos. Grave error: la nena de la familia es la reencarnación de Satanás.
El baño, que tanto amé el primer día, es una fábrica de hongos que cada dos semanas tengo que estar sacando, a las puteadas, porque se llena hasta el techo. No ventila, así que con dos personas duchándose, se imaginan que siempre está lleno de agua. Y encima eso, las paredes condensan y siempre están chorreando agua, así que todas las mañanas es despertarse y encontrar el baño todo lleno de agua en el piso.
Siguiendo con la humedad, toda la casa se llena de hongos. La habitación no es la excepción. El ropero está LLENO, de hecho la madera de los estantes vive húmeda. Se me mancha la ropa, y los zapatitos de verano ya están con olor a podrido. Fuera de joda. Soy alérgica a los hongos. No saben lo feliz que estoy.
Ahora este fin de semana se mudó un chico nuevo al lado, que tiene un cachorro de un año, claramente no acostumbrado a estar solo. Hoy se fueron dos horas y pico a hacer unas compras y dejaron al perro encerrado en el patio (4,5 m2 tiene el patio, como mucho). No paró de ladrar UN minuto.
Sigo pensando que es mejor que el departamento anterior, eso desde ya. Pero por primera vez en mi vida quiero que se vaya el invierno, no porque no me guste el frío (que de hecho lo amo) sino porque necesito que se corte esta racha de hongos en todos lados. Entre la alergia y el ahogarse al limpiarlos con lavandina, un poco me está pudriendo el asunto.
No tengo suerte con los departamentos, che.
miércoles, 20 de julio de 2016
20/7
Con el correr del tiempo, desarrollé una habilidad para analizarme a mí misma sin necesidad de ir a un psicólogo. A veces quizás tardo más en darme cuenta de ciertas cosas, pero por general termino entendiéndome. Y por ahí también me pasa con otros. Creo que el hecho de ser más solitaria me llevó a ser más observadora, pero igual esto no viene al caso.
Cuestión que acá en Buenos Aires, hoy 20 de julio se celebra el día del amigo y, como en muchas de estas fechas nefastas, una de las cosas que puede suceder es que uno se ponga a pensar. «¿Qué es la amistad? ¿Tengo buenos amigos? Los que tengo, ¿son realmente buenos?»
Desde que tengo uso de memoria que a mi vida le falta una figura masculina. Llámese padre, llámese hermano. Su ausentismo me hizo crecer y pasar por la adolescencia (tras una infancia un tanto jorobada) sin esa imagen de hombre que, se supone, habría que tener de alguna manera. Pero, como a muchas personas que tal vez les pasó lo mismo (o peor que a mí, porque en mi caso no fue por no tener padre ni hermanos, sino por tenerlos y que no cambiara absolutamente nada), buscamos lo que nos falta dentro de casa afuera.
En mi vida, desde que recuerdo, siempre hubo UN amigo especial. Cuando digo especial, me refiero a uno de esos compinches irreemplazables con el que hacemos todo. Vamos acá, allá, nos juntamos en casa, charlamos por horas, en fin. Siempre que me pienso en algún momento de la vida, puedo nombrar qué «mejor amigo» tenía en ese momento.
En estos últimos años creí que había encontrado al actual. Confié ciegamente (grave error) y me vi boludeada. Pero me dejé boludear. Y sé que es porque yo necesito esa figura masculina, me acostumbré a tenerla de alguna manera. No es fácil crecer sin el modelo, pero a veces los que estamos «solos» (y no es por dar lástima, simplemente es la realidad) nos aferramos a las personas y, sin darnos cuenta, exageramos un poco. Cruzamos hacia el umbral donde las actitudes negativas del otro nos pueden afectar de manera muy grosera.
Esta persona en que yo confié ciegamente me demostró en estos últimos meses, que el lugar de «mejor amigo» le queda enorme. ¿Y qué pasa? ¿Por qué me dolió tanto esa demostración?
Porque ahora siento ese vacío de no tener esa presencia.
Es extraño. Tal vez puedo llegar a decirles que es la primera vez que me pasa. No recuerdo un momento de mi vida en donde no tuviera ese compinche.
Creo que ya va siendo hora de que aprenda a vivir con ese vacío. Aunque también me doy cuenta que la persona que tengo al lado y elegí para compartir toda mi vida, me viene demostrando hace mucho tiempo que ese vacío no tiene por qué estar, ya que él está acá. Conmigo.
Cuestión que acá en Buenos Aires, hoy 20 de julio se celebra el día del amigo y, como en muchas de estas fechas nefastas, una de las cosas que puede suceder es que uno se ponga a pensar. «¿Qué es la amistad? ¿Tengo buenos amigos? Los que tengo, ¿son realmente buenos?»
Desde que tengo uso de memoria que a mi vida le falta una figura masculina. Llámese padre, llámese hermano. Su ausentismo me hizo crecer y pasar por la adolescencia (tras una infancia un tanto jorobada) sin esa imagen de hombre que, se supone, habría que tener de alguna manera. Pero, como a muchas personas que tal vez les pasó lo mismo (o peor que a mí, porque en mi caso no fue por no tener padre ni hermanos, sino por tenerlos y que no cambiara absolutamente nada), buscamos lo que nos falta dentro de casa afuera.
En mi vida, desde que recuerdo, siempre hubo UN amigo especial. Cuando digo especial, me refiero a uno de esos compinches irreemplazables con el que hacemos todo. Vamos acá, allá, nos juntamos en casa, charlamos por horas, en fin. Siempre que me pienso en algún momento de la vida, puedo nombrar qué «mejor amigo» tenía en ese momento.
En estos últimos años creí que había encontrado al actual. Confié ciegamente (grave error) y me vi boludeada. Pero me dejé boludear. Y sé que es porque yo necesito esa figura masculina, me acostumbré a tenerla de alguna manera. No es fácil crecer sin el modelo, pero a veces los que estamos «solos» (y no es por dar lástima, simplemente es la realidad) nos aferramos a las personas y, sin darnos cuenta, exageramos un poco. Cruzamos hacia el umbral donde las actitudes negativas del otro nos pueden afectar de manera muy grosera.
Esta persona en que yo confié ciegamente me demostró en estos últimos meses, que el lugar de «mejor amigo» le queda enorme. ¿Y qué pasa? ¿Por qué me dolió tanto esa demostración?
Porque ahora siento ese vacío de no tener esa presencia.
Es extraño. Tal vez puedo llegar a decirles que es la primera vez que me pasa. No recuerdo un momento de mi vida en donde no tuviera ese compinche.
Creo que ya va siendo hora de que aprenda a vivir con ese vacío. Aunque también me doy cuenta que la persona que tengo al lado y elegí para compartir toda mi vida, me viene demostrando hace mucho tiempo que ese vacío no tiene por qué estar, ya que él está acá. Conmigo.
jueves, 30 de junio de 2016
Inentendible
Casi siempre estoy haciendo algo. O tengo algo pendiente que hacer y no lo hago, pero SÉ que está ahí. Esperando. Paciente.
Hace más o menos una hora terminé el último plano que le debía a alguien. Se lo mandé por mail a la clienta, le dije cuánto era, bla bla. Listo. No tengo más planos por el día de hoy.
¿Para la facultad? Entregué uno de los prácticos obligatorios el lunes. El otro no puedo hacerlo porque la profesora no corrige nada ni responde dudas, y no sé cómo se hace.
Las 3 de la tarde. Todo en silencio.
¿Y ahora qué hago?
Cuando me ataca un tiempo libre así repentino, me agarra tan de sorpresa que no sé para qué lado encarar. ¿Me siento a leer? ¿Termino de limpiar mi casa así me lo saco de encima? ¿Aprovecho para mirar una serie? ¿Me voy a dormir la siesta como una campeona?
Me bloqueo. Me quedo en blanco. No sé qué hacer. Obvio, cuando estoy ocupada me quejo de estar cansada. ¿Y cuando soy libre? Me descoloca. La libertad me tomó por sorpresa.
Tras quedarme en blanco por más de media hora haciendo la nada misma, me parece que arrancaré por la limpieza.
Esto del tiempo libre, evidentemente, no es para mí.
Hace más o menos una hora terminé el último plano que le debía a alguien. Se lo mandé por mail a la clienta, le dije cuánto era, bla bla. Listo. No tengo más planos por el día de hoy.
¿Para la facultad? Entregué uno de los prácticos obligatorios el lunes. El otro no puedo hacerlo porque la profesora no corrige nada ni responde dudas, y no sé cómo se hace.
Las 3 de la tarde. Todo en silencio.
¿Y ahora qué hago?
Cuando me ataca un tiempo libre así repentino, me agarra tan de sorpresa que no sé para qué lado encarar. ¿Me siento a leer? ¿Termino de limpiar mi casa así me lo saco de encima? ¿Aprovecho para mirar una serie? ¿Me voy a dormir la siesta como una campeona?
Me bloqueo. Me quedo en blanco. No sé qué hacer. Obvio, cuando estoy ocupada me quejo de estar cansada. ¿Y cuando soy libre? Me descoloca. La libertad me tomó por sorpresa.
Tras quedarme en blanco por más de media hora haciendo la nada misma, me parece que arrancaré por la limpieza.
Esto del tiempo libre, evidentemente, no es para mí.
martes, 31 de mayo de 2016
Parate
En unas horas, Vendetta y yo partimos con mochila y valija a visitar a unas amiguitas del interior.
Acá el peludo dice que va a volver con fotos requete buenísimas y con, por supuesto, maravillosas anécdotas para compartir con todos ustedes. Ya se metió en la mochila como para que no me lo olvide, cosa que a veces suele suceder. Bueno, qué puedo decirles, soy una zoqueta desmemoriada.
Recibo el mini descanso de cinco días con los brazos abiertos. Lo necesito tanto como el aire que respiro. El 2016 se vino pesado en materia laboral y académica, no me dio respiro desde principios de año, con varios fines de semana encerrada en casa adelantando cosas. Cuando pienso que mañana me alejo de todo el quilombo por unos días, casi que lloraría de alegría.
¡A la vuelta las fotos e historias de Vendetta!
Por lo pronto, hasta la próxima semana :)
Acá el peludo dice que va a volver con fotos requete buenísimas y con, por supuesto, maravillosas anécdotas para compartir con todos ustedes. Ya se metió en la mochila como para que no me lo olvide, cosa que a veces suele suceder. Bueno, qué puedo decirles, soy una zoqueta desmemoriada.
Recibo el mini descanso de cinco días con los brazos abiertos. Lo necesito tanto como el aire que respiro. El 2016 se vino pesado en materia laboral y académica, no me dio respiro desde principios de año, con varios fines de semana encerrada en casa adelantando cosas. Cuando pienso que mañana me alejo de todo el quilombo por unos días, casi que lloraría de alegría.
¡A la vuelta las fotos e historias de Vendetta!
Por lo pronto, hasta la próxima semana :)
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viernes, 27 de mayo de 2016
Deuda
Creo que en otras ocasiones he escrito acá sobre mi constante pelea contra el sobrepeso. Un atributo que llevo conmigo desde mi más tierna infancia.
Cuando iba a la escuela secundaria, en la clase de gimnasia para aprobar el cuatrimestre tenías que cumplir dos cosas: una, era hacer 100 abdominales por lo menos (eso sería el 10, pero mínimo 60 abdominales para aprobar). Otra, era correr unas 4 vueltas a la cancha de la escuela.
De más está decir que yo no podía hacer ninguna de las dos cosas. A la hora de loas abdominales, alguna compañera me "hacía la gamba" y mentía conmigo que hacía 60 abdominales. Jamás llegué a hacerlas. A la hora de correr alrededor de la cancha, cada vez que la profesora miraba para otro lado, yo aprovechaba para caminar y descansar. No me daban los pulmones ni las piernas para hacer esas vueltas.
Nunca me voy a olvidar de eso.
Además, le sumamos el hecho de que a los 14 años empecé a fumar. Llené mis pulmones de químicos pestilentes por más de 10 años.
Entonces: persona muy mal alimentada, con obesidad tipo 1 (al momento de cambiar su vida para siempre), con un nivel de sedentarismo peligroso (me dolían las piernas) y que encima fuma. Esta persona, en el año 2008 decide hacer un cambio en su vida: cambiar la dieta y empezar a hacer ejercicio.
No fue sencillo. Me costó muchísimo. Y si bien hoy todavía tengo un poco de sobrepeso, la energía y la resistencia no me la quita nadie. Me llena de orgullo.
Entonces ahora, comparto esta foto:
Cuando iba a la escuela secundaria, en la clase de gimnasia para aprobar el cuatrimestre tenías que cumplir dos cosas: una, era hacer 100 abdominales por lo menos (eso sería el 10, pero mínimo 60 abdominales para aprobar). Otra, era correr unas 4 vueltas a la cancha de la escuela.
De más está decir que yo no podía hacer ninguna de las dos cosas. A la hora de loas abdominales, alguna compañera me "hacía la gamba" y mentía conmigo que hacía 60 abdominales. Jamás llegué a hacerlas. A la hora de correr alrededor de la cancha, cada vez que la profesora miraba para otro lado, yo aprovechaba para caminar y descansar. No me daban los pulmones ni las piernas para hacer esas vueltas.
Nunca me voy a olvidar de eso.
Además, le sumamos el hecho de que a los 14 años empecé a fumar. Llené mis pulmones de químicos pestilentes por más de 10 años.
Entonces: persona muy mal alimentada, con obesidad tipo 1 (al momento de cambiar su vida para siempre), con un nivel de sedentarismo peligroso (me dolían las piernas) y que encima fuma. Esta persona, en el año 2008 decide hacer un cambio en su vida: cambiar la dieta y empezar a hacer ejercicio.
No fue sencillo. Me costó muchísimo. Y si bien hoy todavía tengo un poco de sobrepeso, la energía y la resistencia no me la quita nadie. Me llena de orgullo.
Entonces ahora, comparto esta foto:
Una de las corridas de esta semana en el gimnasio. 3,5 km sin pestañar ni parar una sola vez.
Para algunos tal vez sea poco, o algo normal. Pero para mí es mucho. Para mí, la que no podía completar ni dos vueltas de la cancha a los 16 años, la que no podía correr el colectivo, la que la primera vez que quiso subir el Cerro Otto (Bariloche) allá por el 2003 tuvo que terminar haciendo dedo a los 10 minutos porque se desmayaba, la que no podía correr cuando empezó a ejercitarse porque el hipotiroidismo le daba taquicardia, a la que le dolían las piernas por estar horas sentada en la pc haciendo nada más que jugar online. Se lo debo a ESA nena, adolescente y casi mujer. Y de verdad, siento un orgullo enorme.
Voy a seguir entrenando para llegar cada vez más lejos.
jueves, 19 de mayo de 2016
La negra
Pienso que para mis padres siempre fui un bicho raro. Especialmente para mi vieja. Desde chica me caractericé por ir, digamos, «en contra» a lo establecido en mi casa. Y si vamos al caso, creo que podría decirse que en contra a lo establecido en la «sociedad normal». O al menos hace un tiempo pensaba así.
Mi primer rebeldía sucedió cuando era muy joven. Tenía 12 años. Me habían cambiado de escuela a una de doble turno para los últimos tres años de primaria, dejándome con unos problemas de autoestima que aún al día de hoy, con 20 años más, no terminé de superar. Cuando llegué a los 12, inconscientemente creo yo porque aún no pensaba tanto las cosas, decidí que NO iba a ir al secundario que mi viejo ya había elegido por mí (El Nacional Buenos Aires) y logré que me dejaran anotarme en la escuela técnica a la que quería ir. La segunda fue a los 14 años con el cigarrillo, cosa que se enteró sólo mi mamá pero cuando ya hacía unos cuantos años que fumaba. A los 17 me hice mi primer piercing, en la nariz. A los 21 mi primer tatuaje (ya tengo 10).
Así fueron sucediendo, cosas que para mi familia eran «anormales». Mi viejo es de la vieja escuela, mi hermano un soldadito (bien cerrado en sus ideales e ideas de vida). Y mi mamá, nada. No sé ni cómo describirla.
Y acá estoy yo, con 32 años, aun haciendo pequeños actos «de rebeldía». Rebelándome contra el mundo, contra la vida misma. La más reciente fue mi veganismo, que apareció en enero de este año.
Pero lo que fui notando con el tiempo, es que a medida que crecía, mi vieja dejaba de reaccionar mal a mis locuras. Empezaba a interesarse, de alguna manera. Los tatuajes los odiaba, aun cuando sabe que me estoy por hacer alguno tira la bronca, pero luego me pregunta de qué se tratan. Y va por la vida contándole a algunas personas de su confianza sobre «la loca de su hija que tiene todo el brazo tatuado». En lugar de seguir atacando, se ablandó, y hasta muestra interés. Algo que no deja de sorprenderme.
El próximo domingo festejamos en casa el cumpleaños N° 86 de mi tía, la hermana mayor de mi papá. Como buenos argentos que son todos van a hacer asado, y yo estaba pensando qué llevarme para comer. Hoy me llamó hace un rato y me dijo «me enseñaron a hacer knishes de papa y de espinaca, los podés comer porque no tienen nada, así que les voy a cocinar para el domingo».
Por ahí es una tontería, pero son pequeños gestos de amor que recibo con sorpresa, porque no estoy acostumbrada. Yo, la oveja negra de la familia, la que siempre se sintió fuera de lugar. Miren con qué poco me conformo. Sólo necesitaba un poco de apoyo y de afecto.
--
P/D: Acabo de recordar uno de mis últimos actos de locura que casi atentan contra la sanidad mental de mi familia. A los 23 años conocí y me enamoré de un metalero de tupida barba y pelo largo hasta el culo. Mi vieja casi se muere infartada. Guess what? Me casé con él hace medio año :)
Mi primer rebeldía sucedió cuando era muy joven. Tenía 12 años. Me habían cambiado de escuela a una de doble turno para los últimos tres años de primaria, dejándome con unos problemas de autoestima que aún al día de hoy, con 20 años más, no terminé de superar. Cuando llegué a los 12, inconscientemente creo yo porque aún no pensaba tanto las cosas, decidí que NO iba a ir al secundario que mi viejo ya había elegido por mí (El Nacional Buenos Aires) y logré que me dejaran anotarme en la escuela técnica a la que quería ir. La segunda fue a los 14 años con el cigarrillo, cosa que se enteró sólo mi mamá pero cuando ya hacía unos cuantos años que fumaba. A los 17 me hice mi primer piercing, en la nariz. A los 21 mi primer tatuaje (ya tengo 10).
Así fueron sucediendo, cosas que para mi familia eran «anormales». Mi viejo es de la vieja escuela, mi hermano un soldadito (bien cerrado en sus ideales e ideas de vida). Y mi mamá, nada. No sé ni cómo describirla.
Y acá estoy yo, con 32 años, aun haciendo pequeños actos «de rebeldía». Rebelándome contra el mundo, contra la vida misma. La más reciente fue mi veganismo, que apareció en enero de este año.
Pero lo que fui notando con el tiempo, es que a medida que crecía, mi vieja dejaba de reaccionar mal a mis locuras. Empezaba a interesarse, de alguna manera. Los tatuajes los odiaba, aun cuando sabe que me estoy por hacer alguno tira la bronca, pero luego me pregunta de qué se tratan. Y va por la vida contándole a algunas personas de su confianza sobre «la loca de su hija que tiene todo el brazo tatuado». En lugar de seguir atacando, se ablandó, y hasta muestra interés. Algo que no deja de sorprenderme.
El próximo domingo festejamos en casa el cumpleaños N° 86 de mi tía, la hermana mayor de mi papá. Como buenos argentos que son todos van a hacer asado, y yo estaba pensando qué llevarme para comer. Hoy me llamó hace un rato y me dijo «me enseñaron a hacer knishes de papa y de espinaca, los podés comer porque no tienen nada, así que les voy a cocinar para el domingo».
Por ahí es una tontería, pero son pequeños gestos de amor que recibo con sorpresa, porque no estoy acostumbrada. Yo, la oveja negra de la familia, la que siempre se sintió fuera de lugar. Miren con qué poco me conformo. Sólo necesitaba un poco de apoyo y de afecto.
--
P/D: Acabo de recordar uno de mis últimos actos de locura que casi atentan contra la sanidad mental de mi familia. A los 23 años conocí y me enamoré de un metalero de tupida barba y pelo largo hasta el culo. Mi vieja casi se muere infartada. Guess what? Me casé con él hace medio año :)
miércoles, 18 de mayo de 2016
Estrés
Hace casi un mes que no escribo en el blog. No, no me morí todavía (?). De ese mes, dos semanas fueron de trabajo intenso. No es cosa sencilla llevar al día dos trabajos completamente diferentes entre sí, y sumarles una carrera. Ah, sí, la facultad este año viene heavy metal. No por lo complicada en general, pero las materias dejan mucho que desear y me cuesta estar al día.
Casi no tuve tiempo de leer, con eso les digo todo. Había empezado un libro sobre orcos, pero pienso que todavía no estoy preparada para volver a la carga con la fantasía. Me aburre rápido. El fin de semana me compré un libro del mismo escritor de El niño con el pijama de rayas, y me atrapó ya en las primeras páginas.
Está llegando junio, recién mitad de año, y ya se me quemó el cerebro casi por completo. Por suerte a fin de mes me llegan unos días de descanso en el sur del país, con dos amigas de la facultad. Obvio que Vendetta se va conmigo, no puedo negarle el placer de volver de vez en cuando a su lugar natal.
¡Prometo volver más seguido! Por el momento volví a mi trabajo regular de siempre nomás, y aunque sea ya tengo tiempo de leer un poco y aflojarle al coquito. Aunque siempre me hice un ratito para leer a los amigos que tengo por aquí.
Casi no tuve tiempo de leer, con eso les digo todo. Había empezado un libro sobre orcos, pero pienso que todavía no estoy preparada para volver a la carga con la fantasía. Me aburre rápido. El fin de semana me compré un libro del mismo escritor de El niño con el pijama de rayas, y me atrapó ya en las primeras páginas.
Está llegando junio, recién mitad de año, y ya se me quemó el cerebro casi por completo. Por suerte a fin de mes me llegan unos días de descanso en el sur del país, con dos amigas de la facultad. Obvio que Vendetta se va conmigo, no puedo negarle el placer de volver de vez en cuando a su lugar natal.
¡Prometo volver más seguido! Por el momento volví a mi trabajo regular de siempre nomás, y aunque sea ya tengo tiempo de leer un poco y aflojarle al coquito. Aunque siempre me hice un ratito para leer a los amigos que tengo por aquí.
domingo, 6 de marzo de 2016
La vida del veg
El 9 de enero compartía esta nota, donde decía que quería hacerme vegana pero que aún no lo empezaba. A los dos días lo hice.
Viviendo un país donde consumir carne es, supuestamente, «la gracia de ser argentino», y donde la gente que no le gusta tu forma de comer te va a atacar con los argumentos más molestos del planeta; puede resultar de buenas a primeras una cosa difícil esto de dejar de comer animales. En los supermercados argentinos casi no se consiguen alimentos veganos. No se venden leches como en otros lugares, no hay opciones de quesos, no hay yoghurt ni postrecitos, sólo unas pocas cosas pero que se ocultan entre los productos diarios de siempre: hay que saber buscarlas. Hago estas aclaraciones porque sé que en los países vecinos es más fácil encontrar opciones.
¿Dónde consigue el argentino las cosas de este estilo? En algunas dietéticas (no todas), pero más que nada de la mano de emprendimientos que se dedican a cocinar y vender. La otra opción: aprender y cocinarse uno mismo las cosas. La materia prima se consigue casi toda, salvo algún que otro ingrediente que veo en recetas (como ser sirope de maple) que no son realmente necesarios. Pero el tema es ese, darse maña en la cocina.
Como a mí me gusta cocinar, estoy en etapa de aprendizaje. Ya aprendí a hacer una leche de almendras que la rompe, es exquisita. Para las pizzas por ahora uso queso de papa o queso de tofu, ambos muy sencillos de hacer, que tienen una textura parecida a un queso muzzarella derretido y un rico sabor (especialmente si se los prepara con levadura nutricional sabor queso). Y voy mirando recetas cada día, metiendo cosas nuevas, aprendiendo, instruyéndome. Además de disfrutarlo porque me gusta lo que estoy haciendo, lo disfruto porque me divierte.
Ahí algunos ejemplos de lo que estuve preparando estos últimos meses: cuadrados de polenta, sandwichs con seitán y verduras, medallones de vegetales, arroces salteados, tarta con verduras y tofu, apple pie, veganesa de ajo (una mayonesa exquisita, y lo mejor de todo es que no me da alergia como la otra), tofu marinado y salteado, muffins de arándanos, pizza con queso de tofu y empanadas de carne de soja. Ahí entremedio una foto de mi alacena, ahora llena de ingredientes y más ordenadita (no les voy a mentir, esa foto es de ayer, antes era un quilombo).
A los no veganos: no se preocupen que no me caracterizo por ser profeta ni es de mi interés escribirles acá sobre lo malo de la carne o lo bueno del veganismo. Simplemente porque a mí no me interesa. Yo hago lo que hago porque me hace bien y me hace feliz, al que le interesa y quiere saber con gusto le cuento lo que sé e investigué; pero no es mi idea «joder» a nadie. Compartiré recetas y anécdotas, y cosas copadas que encuentre para el que le interese.
Ahora, si me disculpan, voy a comerme mi sambuche de seitán con unas ricas verduras.
¡Provechito!
Viviendo un país donde consumir carne es, supuestamente, «la gracia de ser argentino», y donde la gente que no le gusta tu forma de comer te va a atacar con los argumentos más molestos del planeta; puede resultar de buenas a primeras una cosa difícil esto de dejar de comer animales. En los supermercados argentinos casi no se consiguen alimentos veganos. No se venden leches como en otros lugares, no hay opciones de quesos, no hay yoghurt ni postrecitos, sólo unas pocas cosas pero que se ocultan entre los productos diarios de siempre: hay que saber buscarlas. Hago estas aclaraciones porque sé que en los países vecinos es más fácil encontrar opciones.
¿Dónde consigue el argentino las cosas de este estilo? En algunas dietéticas (no todas), pero más que nada de la mano de emprendimientos que se dedican a cocinar y vender. La otra opción: aprender y cocinarse uno mismo las cosas. La materia prima se consigue casi toda, salvo algún que otro ingrediente que veo en recetas (como ser sirope de maple) que no son realmente necesarios. Pero el tema es ese, darse maña en la cocina.
Como a mí me gusta cocinar, estoy en etapa de aprendizaje. Ya aprendí a hacer una leche de almendras que la rompe, es exquisita. Para las pizzas por ahora uso queso de papa o queso de tofu, ambos muy sencillos de hacer, que tienen una textura parecida a un queso muzzarella derretido y un rico sabor (especialmente si se los prepara con levadura nutricional sabor queso). Y voy mirando recetas cada día, metiendo cosas nuevas, aprendiendo, instruyéndome. Además de disfrutarlo porque me gusta lo que estoy haciendo, lo disfruto porque me divierte.
Ahí algunos ejemplos de lo que estuve preparando estos últimos meses: cuadrados de polenta, sandwichs con seitán y verduras, medallones de vegetales, arroces salteados, tarta con verduras y tofu, apple pie, veganesa de ajo (una mayonesa exquisita, y lo mejor de todo es que no me da alergia como la otra), tofu marinado y salteado, muffins de arándanos, pizza con queso de tofu y empanadas de carne de soja. Ahí entremedio una foto de mi alacena, ahora llena de ingredientes y más ordenadita (no les voy a mentir, esa foto es de ayer, antes era un quilombo).
A los no veganos: no se preocupen que no me caracterizo por ser profeta ni es de mi interés escribirles acá sobre lo malo de la carne o lo bueno del veganismo. Simplemente porque a mí no me interesa. Yo hago lo que hago porque me hace bien y me hace feliz, al que le interesa y quiere saber con gusto le cuento lo que sé e investigué; pero no es mi idea «joder» a nadie. Compartiré recetas y anécdotas, y cosas copadas que encuentre para el que le interese.
Ahora, si me disculpan, voy a comerme mi sambuche de seitán con unas ricas verduras.
¡Provechito!
jueves, 3 de marzo de 2016
Liberté
Como persona que siempre deseó vivir fuera de la casa de sus padres, muchas cosas pasaban por mi cabeza cuando imaginaba lo que sería tener mis espacios propios. Allá mi refugio era mi habitación, decorada totalmente en desequilibrio respecto de la casa en general. Así como me sentía yo: fuera de lugar. La casa de mis padres si bien no sigue UN estilo arquitectónico o decorativo, tiene un encanto particular, una cosa que sigue una línea... los ladrillos a la vista en varios ambientes internos, los muebles de madera preferentemente de algarrobo, los platos en las paredes y las máscaras en el living.
Mi pieza no tenía nada que ver. Tenía fotos de mis amigos, hojas secas de árboles pegadas en las paredes, estrellas en el techo de esas que brillan en la oscuridad. Un montón de adornos colgantes que colgaban del techo, duendes, hadas. Era yo.
Mudarme fue todo un acontecimiento. Si bien no vivo sola, porque desde que me fui de la casa de mis padres vivo en pareja, tuve el placer de toparme por primera vez en mi vida con el "armar la casa como les guste". Mi marido y yo tenemos gustos parecidos (aunque yo soy más enferma de algunas cosas que él no, pero no le molestan), así que fue sencillo.
A pesar de que no es mío porque alquilo, me encanta mi casa. Me gusta mi hogar.
Me gusta la biblioteca repleta de libros y pequeños adornos entremezclados. Me gustan los duendes que fui juntando, los dragones, los muñecos, los caballeros. Me gusta la cama (es la cama más cómoda del mundo), el sillón, la tele, el modular. La cocina con su mezcla de rojo y negro, dos de mis colores favoritos. El patio donde da el sol varias horas al día y donde habitan algunas plantitas. La paz que reina cada vez que entro, la calma, el lugar propio que ya no es solamente una habitación. Es una habitación, un living comedor grande, un baño, un patio. Tiene olor a libertad.
Mi pieza no tenía nada que ver. Tenía fotos de mis amigos, hojas secas de árboles pegadas en las paredes, estrellas en el techo de esas que brillan en la oscuridad. Un montón de adornos colgantes que colgaban del techo, duendes, hadas. Era yo.
Mudarme fue todo un acontecimiento. Si bien no vivo sola, porque desde que me fui de la casa de mis padres vivo en pareja, tuve el placer de toparme por primera vez en mi vida con el "armar la casa como les guste". Mi marido y yo tenemos gustos parecidos (aunque yo soy más enferma de algunas cosas que él no, pero no le molestan), así que fue sencillo.
A pesar de que no es mío porque alquilo, me encanta mi casa. Me gusta mi hogar.
Me gusta la biblioteca repleta de libros y pequeños adornos entremezclados. Me gustan los duendes que fui juntando, los dragones, los muñecos, los caballeros. Me gusta la cama (es la cama más cómoda del mundo), el sillón, la tele, el modular. La cocina con su mezcla de rojo y negro, dos de mis colores favoritos. El patio donde da el sol varias horas al día y donde habitan algunas plantitas. La paz que reina cada vez que entro, la calma, el lugar propio que ya no es solamente una habitación. Es una habitación, un living comedor grande, un baño, un patio. Tiene olor a libertad.
La biblioteca es de las cosas que más me gustan
Uno de los caballeros :)
La negra atrevida, robándome la cama una mañana
viernes, 26 de febrero de 2016
Cansadeited
Por fin se terminaron los exámenes finales de segundo año. 5 en dos semanas, algunos pesaditos. Por suerte ya tengo las notas, todos aprobados. Lo único que me jode es que hay uno que me arruinó el hermoso promedio, pero qué se le va a hacer (escapa de mí, es que hay un profesor al que tal vez no le caigo muy bien). Detalles. Pero lo bueno: Ya empiezo tercero. Mi último año de cursada antes de la tesis.
Estoy tan cansada que me dormiría acá sentada, escribiendo.
En verano no suelo tener mucho trabajo pero febrero, desde mitad de mes hacia acá más o menos, me está aniquilando. Planos, especialmente. Ir a medirlos y luego sentarme a dibujarlos.
* Quiero terminar de leer IT para poder arrancar todos los libros hermosos que tengo esperándome y siento que nunca llego. Voy por la página 950 más o menos, de 1500. Lo peor es que es un libro fascinante, así que quiero terminarlo.
* Empecé a ver True Blood para descansar del estudio. Me vi las dos primeras temporadas completas y la mitad de la tercera. La segunda temporada parece un chiste, una mezcla de película trucha de Guillermo Francella (tipo "Bañeros locos" o algo así, ni sé si él actúa pero creo que se entiende la idea). Cuando estaba con la tercera decidí leer la sinopsis en wikipedia y me di cuenta que la serie es cualquiera. Una pérdida de tiempo. Abandonada y olvidada.
* No sé si es el veganismo o qué pero estoy corriendo más tiempo y más kilómetros cada semana. Punto para mí. Y estoy aprendiendo muchas recetas riquísimas para no aburrirme comiendo siempre lo mismo.
* Tengo sueño.
Ya sé que volví hace dos meses del viaje, pero... ¿Queda muy mal si les digo que necesito vacaciones?
Estoy tan cansada que me dormiría acá sentada, escribiendo.
En verano no suelo tener mucho trabajo pero febrero, desde mitad de mes hacia acá más o menos, me está aniquilando. Planos, especialmente. Ir a medirlos y luego sentarme a dibujarlos.
* Quiero terminar de leer IT para poder arrancar todos los libros hermosos que tengo esperándome y siento que nunca llego. Voy por la página 950 más o menos, de 1500. Lo peor es que es un libro fascinante, así que quiero terminarlo.
* Empecé a ver True Blood para descansar del estudio. Me vi las dos primeras temporadas completas y la mitad de la tercera. La segunda temporada parece un chiste, una mezcla de película trucha de Guillermo Francella (tipo "Bañeros locos" o algo así, ni sé si él actúa pero creo que se entiende la idea). Cuando estaba con la tercera decidí leer la sinopsis en wikipedia y me di cuenta que la serie es cualquiera. Una pérdida de tiempo. Abandonada y olvidada.
* No sé si es el veganismo o qué pero estoy corriendo más tiempo y más kilómetros cada semana. Punto para mí. Y estoy aprendiendo muchas recetas riquísimas para no aburrirme comiendo siempre lo mismo.
* Tengo sueño.
Ya sé que volví hace dos meses del viaje, pero... ¿Queda muy mal si les digo que necesito vacaciones?
jueves, 18 de febrero de 2016
Éire
El verano en Buenos Aires está bravo y no da tregua. Las temperaturas no bajan de 30, 29 cuando el sol se levanta amable. A veces no corre aire, las actividades diarias se hacen densas, ni les cuento el ir al gimnasio (pero qué remedio, con estas caderas no me queda otra). Estoy molesta y encima preparando finales (cinco entre esta semana y la que viene). Y ya sé que no hace ni dos meses que estoy de vuelta en casa, pero la puta cómo extraño las islas.
Lo primero que me viene a la mente es ese clima, fresco, a veces muy frío, que te azota y te obliga a salir hasta con gorro. CÓMO AÑORO USAR UN GORRITO.
Justo ayer me topé con la novedad (medio tarde porque fue en noviembre, pero soy lela) de que la banda irlandesa The Corrs sacó nuevo disco y, además de darme una panzada tremenda, me puse a pensar que yo estuve en Irlanda. Yo tuve la suerte de pisar tierra irlandesa y, de esa manera, cumplir uno de mis grandes sueños. Porque soy una freak de lo celta, de todo lo que tiene que ver con Irlanda, veo un trebol y me emociono. Sí, así de tarada.
Así que para rememorar algo de hace poquito, les comparto un tema nuevo de The Corrs, y unas fotos de ese hermoso país. ¡Quiero volver!
Lo primero que me viene a la mente es ese clima, fresco, a veces muy frío, que te azota y te obliga a salir hasta con gorro. CÓMO AÑORO USAR UN GORRITO.
Justo ayer me topé con la novedad (medio tarde porque fue en noviembre, pero soy lela) de que la banda irlandesa The Corrs sacó nuevo disco y, además de darme una panzada tremenda, me puse a pensar que yo estuve en Irlanda. Yo tuve la suerte de pisar tierra irlandesa y, de esa manera, cumplir uno de mis grandes sueños. Porque soy una freak de lo celta, de todo lo que tiene que ver con Irlanda, veo un trebol y me emociono. Sí, así de tarada.
Así que para rememorar algo de hace poquito, les comparto un tema nuevo de The Corrs, y unas fotos de ese hermoso país. ¡Quiero volver!
Cliffs of Moher
Florecitas de un jardín
Paseando por el jardín del castillo de Dublin
Una parte de dicho castillito
Hill of Tara
Bective Abbey
Monasterboice
Phoenix Park
Otra del parque, ¿no es precioso?
Dato nerd curioso sólo porque es sobre el post: En el parque este, Phoenix (que está en Dublin) casualmente se filmó parte del primer video ever de The Corrs: el de una de sus canciones más conocidas, Runaway. MUERO DE AMOR.
Me voy a soñar de nuevo con Irlanda. Con ese verde, esa música, esos pubs, esa cerveza y esos irlandeses simpaticones.
jueves, 4 de febrero de 2016
The Fox and the Star
No me crié en una familia donde fuera una costumbre leer cuentos a los hijos o contar historias antes de dormir. Siempre fui una lectora solitaria, de chica le tomé cariño a los libros y ya de grande se convirtió en mi pasatiempo favorito. Algunos miran tele, otros salen mucho, otros juegan a algo... yo leo. Y leo mucho. Siempre fue así.
Pero no sé por qué. Son esas cosas que de pronto se convierten en parte de uno. Y tampoco sabía que era tan lindo que alguien te leyera. Lo empecé a ver en las películas. Uno no entiende que algo le falta o que algo está mal cuando está acostumbrado a vivir de cierta manera. Casualmente leyendo ahora un libro de Stephen King (IT), en una parte que hablan de un personaje que siempre anda solo, dicen que él no sabe que está solo porque no sabe qué es la soledad. Simplemente es algo a lo que siempre estuvo acostumbrado, algo que para él es "normal". Para mí fue normal que no compartieran esas pequeñas cosas conmigo. Hasta hace poco, que una amiga me dijo que el padre siempre le leía, o que mi marido me dijo que su padre le cantaba canciones (mi suegro toca la guitarra, es músico) nunca me detuve a pensar en que eso a mí me había faltado. ¡Y la cantidad de cosas que me habré perdido!
Cuestión que yo nunca tuve lecturas de cuentos de niños. Me han regalado libros para chicos, pero los leía sola. Muy pocos. Pero jamás esa cosa de leer una historia mágica para soñar como es debido, cuando uno es chico y tiene la imaginación a flor de piel.
Recorriendo una librería, mi marido se topó con un libro y decidió que yo tenía que leerlo:
Pero no sé por qué. Son esas cosas que de pronto se convierten en parte de uno. Y tampoco sabía que era tan lindo que alguien te leyera. Lo empecé a ver en las películas. Uno no entiende que algo le falta o que algo está mal cuando está acostumbrado a vivir de cierta manera. Casualmente leyendo ahora un libro de Stephen King (IT), en una parte que hablan de un personaje que siempre anda solo, dicen que él no sabe que está solo porque no sabe qué es la soledad. Simplemente es algo a lo que siempre estuvo acostumbrado, algo que para él es "normal". Para mí fue normal que no compartieran esas pequeñas cosas conmigo. Hasta hace poco, que una amiga me dijo que el padre siempre le leía, o que mi marido me dijo que su padre le cantaba canciones (mi suegro toca la guitarra, es músico) nunca me detuve a pensar en que eso a mí me había faltado. ¡Y la cantidad de cosas que me habré perdido!
Cuestión que yo nunca tuve lecturas de cuentos de niños. Me han regalado libros para chicos, pero los leía sola. Muy pocos. Pero jamás esa cosa de leer una historia mágica para soñar como es debido, cuando uno es chico y tiene la imaginación a flor de piel.
Recorriendo una librería, mi marido se topó con un libro y decidió que yo tenía que leerlo:
Este hermoso libro, de tapa dura, llamado El zorro y la estrella. El libro más vendido de Waterstones (una cadena de librerías en el Reino Unido) el año pasado. Ya de por sí, para el que no sabe, amo los zorros. Me parecen de las criaturas más maravillosas del universo, más hermosas. De hecho, uno de mis tatuajes favoritos lo representa. Creo que ese detalle, sumado al hecho de que algo lo hizo a él sentir que ese libro era para mí, me llevaron a comprarlo.
Mi zorrito :)
De por sí, la edición es una preciosura. El olor que tiene, la textura de sus hojas, los dibujos que hay adentro. Todo acompañan a la historia creando magia. El zorrito que es amigo de una estrella. El zorrito tímido, que tiene miedo a todo, tiene una sola amiga que lo acompaña todas las noches. Un buen día la estrella desaparece, y este pequeño saldrá a buscarla.
Este libro es absolutamente maravilloso. Me hizo sentir tristeza y alegría en pocas páginas, me hizo soñar, lo amé. Siento que si alguien tiene un hijo o alguien especial chiquito a quien leerle, debería leerle este libro. Si yo hubiera tenido a alguien que me lo leyera cuando era chica, estoy segura que habría sido muy feliz. Aun así, con 31 años, lo disfruté como si hubiera sido una nena. Y después de leerlo, mi marido se acostó en la cama a mi lado y yo se lo fui contando, mientras le mostraba los dibujos de cada página. Yo tuve la oportunidad de compartir ese momento, de leer este libro a alguien que amo. No puedo explicarles con palabras la magia que estas pocas paginitas me generaron.
Si tienen hijos, si tienen sobrinos, primitos que les gusta leer o que les lean... esta sería mi primer recomendación. Es realmente hermoso.
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Literario,
Sacando fotito con el telefonito,
Viñetas familiares
sábado, 9 de enero de 2016
La vida del veg
La idea del veganismo es algo que ronda mi cabeza hace mucho tiempo. Por el momento sigo siendo vegetariana (desde el 2012), llevando muy bien la nueva alimentación. Nunca más tuve anemia, algo que era muy recurrente para mí. Tengo el calcio perfecto a pesar de no consumir ningún lácteo más que quesos (leche no tomo, sólo uso para cocinar de vez en cuando). Mis triglicéridos y colesterol están normales, igual que todo lo demás. Físicamente noté un cambio tremendo en mi piel y pelo, antes se me engrasaba mucho, haciendo por ej. casi imposible el uso de un flequillo que luciera normal todo el día. Hoy por hoy, siendo incluso verano, puedo andar con mi fleco como una campeona. Me cago de calor, eso sí, pero la culpa la tiene el sol.
Cuestión que siempre me pica el bicho del "sigo consumiendo animalitos" por no sacar del todo los productos animales de mi dieta, pero entre otras cosas, acá en Buenos Aires no resulta tan sencillo. Acceso cotidiano a productos veganos en supermercados no hay, salvo muy pocas cosas. Alguna que otra milanesa de soja, y muchas "porquerías" (papitas, galletitas, etc.). Emprendimientos veganos hay muchísimos, algunos muy buenos, pero claro: implican un gasto mayor de dinero que el que usualmente se gasta en comida. Ser vegano, acá, ES CARO. Si tenés tiempo para cocinarte y te das maña en la cocina, cosa que no todos lo hacen, podés zafar por menos plata. Pero necesitás tener tiempo. Si dependes de llenar el freezer y demás, sabelo: te va a costar.
Vengo de un viaje por tierras donde ser vegano es lo más fácil del universo, y claro que no puedo evitar sentir un poco de pena por tenerlo tan complicado acá. Allá (en Irlanda, Escocia, Gales y Londres) no es tan difícil. No tenés que ir a un lugar especial a comprar o recurrir al emprendedor. En el supermercado encontrás todo. ¿Y el precio? Lo mismo que las cosas derivadas. La leche de almendras/soja cuesta lo mismo que la leche de vaca. Acá hay una diferencia de 35 pesos entre ambas. Los quesos valen lo mismo. La comida congelada vegana vale lo mismo que la no vegana.
Cuestión que siempre me pica el bicho del "sigo consumiendo animalitos" por no sacar del todo los productos animales de mi dieta, pero entre otras cosas, acá en Buenos Aires no resulta tan sencillo. Acceso cotidiano a productos veganos en supermercados no hay, salvo muy pocas cosas. Alguna que otra milanesa de soja, y muchas "porquerías" (papitas, galletitas, etc.). Emprendimientos veganos hay muchísimos, algunos muy buenos, pero claro: implican un gasto mayor de dinero que el que usualmente se gasta en comida. Ser vegano, acá, ES CARO. Si tenés tiempo para cocinarte y te das maña en la cocina, cosa que no todos lo hacen, podés zafar por menos plata. Pero necesitás tener tiempo. Si dependes de llenar el freezer y demás, sabelo: te va a costar.
Vengo de un viaje por tierras donde ser vegano es lo más fácil del universo, y claro que no puedo evitar sentir un poco de pena por tenerlo tan complicado acá. Allá (en Irlanda, Escocia, Gales y Londres) no es tan difícil. No tenés que ir a un lugar especial a comprar o recurrir al emprendedor. En el supermercado encontrás todo. ¿Y el precio? Lo mismo que las cosas derivadas. La leche de almendras/soja cuesta lo mismo que la leche de vaca. Acá hay una diferencia de 35 pesos entre ambas. Los quesos valen lo mismo. La comida congelada vegana vale lo mismo que la no vegana.
Alpro tiene leche de almendras dulce, sin azúcar agregada, leche de soja, chocolatadas, etc. Yo probé la de almendras, fue mi desayuno de todos los días con una granola que encontré en el supermercado sin azúcar agregada (otra cosa que acá no encontrás ni en pedo en el super).
Quorn "inventó" una proteína vegetal que sabe muy parecida a la carne y tiene hamburguesas, pollitos, y cosas así. De hecho, tenían unas tipo milanesitas de pollo que probé y no me gustaron justamente porque tenían un sabor a pollo tremendo. El sabor de la carne a mí al menos no me gusta, PERO alguien que quiere dejar la carne pero sí le gusta (como mi marido por ejemplo) estaría feliz con los productos de esta empresa.
Me saco el sombrero ante el que inventó esta puta delicia. Es riquísima, muy sabrosa, y fue mi compañera de ensaladas muchas noches.
Y otra de las cosas que más me gustaron: este quesito de máquina. Una delicia. Un sabor suave pero muy rico, parece queso posta, increíble.
Por lo pronto estoy chusmeando recetas rápidas para reemplazos, como el queso de papa para las pizzas, o cómo sustituir el huevo en las preparaciones de todos los días. La realidad es que yo ya no consumo muchas de esas cosas, el problema mayor es el queso. Pero, insisto, si tuviera a mano todas estas cosas como las tuve durante el viaje, no me costaría absolutamente nada. Cómo los extraño a esos hermosos supermercados, snif.
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jueves, 31 de diciembre de 2015
2015
Llegamos a otro 31, a otro año que se va rapidito.
Este año tuvo muchas, muchísimas cosas. Algunas malas, otras buenas, otras buenísimas. Fue un año un tanto extraño. Laboralmente hablando fue una decepción, estuve meses intentando cambiar de rumbo pero no me queda más que pensar no era mi momento. Fueron muchos meses de esperar que alguien siquiera respondiera a los mails donde mandé currículum tras currículum. Pocos respondieron, y de los que mandaron pruebas, unos me contestaron en junio que estaba aprobada y nunca más se contactaron. Un misterio. Con la cocina no fue mucho mejor el asunto, este año tuve pocos pedidos, aunque debo admitir que tampoco yo me volví loca cocinando o promocionándome, porque quería (quiero) dedicarme a otra cosa. En ese sentido creo que este año le tocaba a mi marido, que cambió de trabajo hace unos meses y le está yendo de diez. Ojo, yo tengo trabajo, pero no es lo que quiero para toda la vida.
En lo académico fueron dos semestres muy diferentes entre sí. El primero fue fabuloso. Las materias fueron geniales y por suerte metí todos los finales a mitad de año. Pero el segundo semestre está dejando mucho que desear. El profesor de una de las materias más importantes es medio muerto de frío, y en general los profesores me están poniendo nerviosa. Casi pierdo una materia pero me enteré hoy que, finalmente, aprobé. Y ahora me quedan en enero los últimos exámenes, antes de dar finales. Casi casi que soy alumna de tercer año. El último año de cursada antes de la tesis.
Fue un año que afianzó algunas amistades y, lamentablemente, entibió otras. No puedo decir que no estoy decepcionada, aunque el momento de mala onda ya pasó, fueron de personas que no lo esperaba. ¿O quizás sí? Nunca lo sabré. Tampoco me voy a matar averiguando. Hay que preocuparse por las que se quedan, no las que se van.
Nos tuvimos que mudar de nuevo, pero en ese sentido nos salió todo más que bien. Nuestra vecina del otro departamento tenía uno que se liberaba justo para la época que nos teníamos que ir, así que acá estamos. Lo que me apena es que al final ese departamento no se vendió, sino que se lo alquilaron a otros, así que podría decirse que gastamos plata sin sentido. Aunque, no puedo quejarme, este lugar es mucho más lindo.
Y lo mejor llegó al final. Me casé en noviembre con el hombre que se cruzó en mi camino mágicamente hace 8 años, y no podría ser más feliz. Encima, acabamos de volver de una luna de miel soñada, donde por fin cumplí mi sueño de conocer y pisar suelo celta. ¿Qué mejor manera que despedir el año que esta? A mí no se me ocurre nada. Cabe recordar que en enero también viajé con mi vieja a Europa, conociendo por primera vez un montón de lugares y de personas increíbles que tenía pendientes. Ese viaje me puso feliz por ambas. Mi mamá estaba re contenta.
2016 te espero. No sé qué vas a traer, no sé qué esperar de vos. Pero yo te espero igual.
A todos los que están ahí leyendo y que me acompañan en esta locura bloggera, muy feliz año nuevo, y que arranquen muy bien el 2016. Coman rico, beban abundante y abracen mucho. ¡SALUD!
Este año tuvo muchas, muchísimas cosas. Algunas malas, otras buenas, otras buenísimas. Fue un año un tanto extraño. Laboralmente hablando fue una decepción, estuve meses intentando cambiar de rumbo pero no me queda más que pensar no era mi momento. Fueron muchos meses de esperar que alguien siquiera respondiera a los mails donde mandé currículum tras currículum. Pocos respondieron, y de los que mandaron pruebas, unos me contestaron en junio que estaba aprobada y nunca más se contactaron. Un misterio. Con la cocina no fue mucho mejor el asunto, este año tuve pocos pedidos, aunque debo admitir que tampoco yo me volví loca cocinando o promocionándome, porque quería (quiero) dedicarme a otra cosa. En ese sentido creo que este año le tocaba a mi marido, que cambió de trabajo hace unos meses y le está yendo de diez. Ojo, yo tengo trabajo, pero no es lo que quiero para toda la vida.
En lo académico fueron dos semestres muy diferentes entre sí. El primero fue fabuloso. Las materias fueron geniales y por suerte metí todos los finales a mitad de año. Pero el segundo semestre está dejando mucho que desear. El profesor de una de las materias más importantes es medio muerto de frío, y en general los profesores me están poniendo nerviosa. Casi pierdo una materia pero me enteré hoy que, finalmente, aprobé. Y ahora me quedan en enero los últimos exámenes, antes de dar finales. Casi casi que soy alumna de tercer año. El último año de cursada antes de la tesis.
En algún lugar de la maravillosa Escocia.
Fue un año que afianzó algunas amistades y, lamentablemente, entibió otras. No puedo decir que no estoy decepcionada, aunque el momento de mala onda ya pasó, fueron de personas que no lo esperaba. ¿O quizás sí? Nunca lo sabré. Tampoco me voy a matar averiguando. Hay que preocuparse por las que se quedan, no las que se van.
Nos tuvimos que mudar de nuevo, pero en ese sentido nos salió todo más que bien. Nuestra vecina del otro departamento tenía uno que se liberaba justo para la época que nos teníamos que ir, así que acá estamos. Lo que me apena es que al final ese departamento no se vendió, sino que se lo alquilaron a otros, así que podría decirse que gastamos plata sin sentido. Aunque, no puedo quejarme, este lugar es mucho más lindo.
Nuestros anillitos (de nudos celtas, faltaba más) y la hermosa libretita roja.
Y lo mejor llegó al final. Me casé en noviembre con el hombre que se cruzó en mi camino mágicamente hace 8 años, y no podría ser más feliz. Encima, acabamos de volver de una luna de miel soñada, donde por fin cumplí mi sueño de conocer y pisar suelo celta. ¿Qué mejor manera que despedir el año que esta? A mí no se me ocurre nada. Cabe recordar que en enero también viajé con mi vieja a Europa, conociendo por primera vez un montón de lugares y de personas increíbles que tenía pendientes. Ese viaje me puso feliz por ambas. Mi mamá estaba re contenta.
Toledo. Una de las ciudades españolas que conocí en enero.
2016 te espero. No sé qué vas a traer, no sé qué esperar de vos. Pero yo te espero igual.
A todos los que están ahí leyendo y que me acompañan en esta locura bloggera, muy feliz año nuevo, y que arranquen muy bien el 2016. Coman rico, beban abundante y abracen mucho. ¡SALUD!
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