Desde que tengo otra obra social, gracias a novio, ya no me codeo con los rascosos de la obra social de los comerciantes. Y lo que veo muy seguido son señoras BIEN.
Hoy me tocó ir a hacerme unas ecografías a recoleta (racalata, boloh), y había unas tremebundas. TREMEBUNDAS, TE DIGO.
Las señoras BIEN no pueden esperar. Entran al consultorio con su ropa arreglada, sus pañuelos de cuello combinando con su pelo y maquillaje. Anteojos de sol aunque no sólo afuera está lloviendo, sino que adentro no se ve nada como para que tenga sentido su uso. La señora BIEN te inunda con su perfume caro que, seguramente, no compra en cuotas como vos; y saca su numerito para que la atiendan. Pero ella no puede esperar. No, ella se para en el medio de la recepción, en pose para que las otras señoras la admiren y cuchicheen. A ella no le interesa el número que tiene en la mano, ella tiene que ser atendida YA, porque es muy paqueta. Tiene más derecho que vos a estar ahí. Vos sos una inmundicia, una escoria de la sociedad donde ella habita.
Llaman al 99, mi número, y este espécimen pretende aproximarse a la recepcionista, ya liberada, que me estaba llamando. Con un grácil movimiento de cadera la esquivo y le paso bien por adelante de la jeta, haciendo que me atiendan (como corresponde), mientras ella se queda quieta, sin entender qué sucedió.
La señora BIEN no puede creer que la mugrienta haya pasado antes que ella. Oh, no. La señora bien no sabe qué hacer. Mientras se queda con esa cara estirada de monga, vuelvo a tomar asiento y espero a que me llamen para el estudio. Cuando le toca a ella, la sorpresa le dura, porque tarda unos instantes en darse cuenta que 00 es su número, porque claro, NUNCA LO MIRÓ. ¿Cómo va a mirar el número? ¡A ella la tienen que atender sha mismo!
Ay, señora. Ay señora con su pelo rojo teñido, sus zapatos de taco, y su carterita a tono de pelo y maquillaje. AY ¡Cáguese por forra!
Dicen que todos cambiamos a medida que vamos madurando. Yo la verdad no sé que decirles, porque sigo siendo la misma pelotuda.
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miércoles, 9 de septiembre de 2015
domingo, 28 de septiembre de 2014
Eau de podré
No suelo tener un problema con las personas de edad avanzada, pero hay veces que los ancianos se pasan.
Ayer decidí arrancar mi día bien temprano para ir a hacer unas compras, y evitar un poco ese tumulto que se empieza a formar en las calles a partir de las 11 de la mañana. Una de mis paradas era la farmacia, ya que se me había terminado la caja de unas pastillas que tengo que tomar todas las mañanas (obvio, siempre me acuerdo cuando no tengo más). Cuestión que llego, saco mi número, y me dispongo a esperar. Adelante mío había 4 señoras.
Terminan de pagar, se alejan, y yo (que estaba más bien al lado de la puerta) me acerco al mostrador, ya que me faltaba poco. Y en eso, lo sentí. Mi cerebro se activó tras lo que mi nariz había captado. No tengo palabras suficientes en mi lenguaje materno para describir el hedor a podrido de ese pedo, caldoso, tremendo, que había quedado en el ambiente.
Porque hay pedos y pedos, caballeros. Pero ese era uno de esos que vienen para quedarse, que salen del culo y proclaman «¡Ésta es mi tierra! ¡De aquí nadie me mueve!». De esos que, si no tenés cuidado, es posible que te dejen un regalo amarronado en esa parte del calzón. Y me atrevo a decir que hasta un buraco.
Toda la farmacia se envolvió en una nube verde de podredumbre, inevitable para todos los que nos quedamos. Con muy poco disimulo hice marcha atrás así como estaba hacia la puerta, aprovechando que era un día ventoso, para que la brisa me ayudara a disipar ese mal que me estaba matando.
De a uno fueron cayendo.
«¿¿¿¿Qué es ese olor????»
«Ayyy pensé que era yo que olía algo, menos mal que no soy yo nomás». No, señora, descuide. Todos nos estamos fumando este tremendo pedo.
Y lo mejor fue la cara de uno de los farmacéuticos cuando salió de la parte de atrás y se encontró con este paredón oloroso. Obvio que cazó un desodorante de ambientes (de los que tienen a la venta) y lo tiró por todos lados.
Digo yo...
Esta señora que se recontra cagó encima, ¿no podía esperar? Su pedo estaba a menos de un minuto de poder ser liberado al aire libre, ¿qué necesidad de tanta maldad? ¿Es muy difícil cerrar los cantos para arrojarlo después? ¡¡¡¿¿¿POR QUÉ HAY QUE SER TAN HIJA DE PUTA???!!!
Ayer decidí arrancar mi día bien temprano para ir a hacer unas compras, y evitar un poco ese tumulto que se empieza a formar en las calles a partir de las 11 de la mañana. Una de mis paradas era la farmacia, ya que se me había terminado la caja de unas pastillas que tengo que tomar todas las mañanas (obvio, siempre me acuerdo cuando no tengo más). Cuestión que llego, saco mi número, y me dispongo a esperar. Adelante mío había 4 señoras.
Terminan de pagar, se alejan, y yo (que estaba más bien al lado de la puerta) me acerco al mostrador, ya que me faltaba poco. Y en eso, lo sentí. Mi cerebro se activó tras lo que mi nariz había captado. No tengo palabras suficientes en mi lenguaje materno para describir el hedor a podrido de ese pedo, caldoso, tremendo, que había quedado en el ambiente.
Porque hay pedos y pedos, caballeros. Pero ese era uno de esos que vienen para quedarse, que salen del culo y proclaman «¡Ésta es mi tierra! ¡De aquí nadie me mueve!». De esos que, si no tenés cuidado, es posible que te dejen un regalo amarronado en esa parte del calzón. Y me atrevo a decir que hasta un buraco.
Toda la farmacia se envolvió en una nube verde de podredumbre, inevitable para todos los que nos quedamos. Con muy poco disimulo hice marcha atrás así como estaba hacia la puerta, aprovechando que era un día ventoso, para que la brisa me ayudara a disipar ese mal que me estaba matando.
De a uno fueron cayendo.
«¿¿¿¿Qué es ese olor????»
«Ayyy pensé que era yo que olía algo, menos mal que no soy yo nomás». No, señora, descuide. Todos nos estamos fumando este tremendo pedo.
Y lo mejor fue la cara de uno de los farmacéuticos cuando salió de la parte de atrás y se encontró con este paredón oloroso. Obvio que cazó un desodorante de ambientes (de los que tienen a la venta) y lo tiró por todos lados.
Digo yo...
Esta señora que se recontra cagó encima, ¿no podía esperar? Su pedo estaba a menos de un minuto de poder ser liberado al aire libre, ¿qué necesidad de tanta maldad? ¿Es muy difícil cerrar los cantos para arrojarlo después? ¡¡¡¿¿¿POR QUÉ HAY QUE SER TAN HIJA DE PUTA???!!!
viernes, 8 de noviembre de 2013
La caducidad obviada
Puedo llegar a entender esta obsesión con la juventud, que nos de miedo envejecer, que debe ser terrible un día mirarse al espejo y ver una cosa arrugada y deshecha como si la vida se estuviera riendo en la misma cara de uno. Pero lo que no entiendo es como esa obsesión lleva a la gente, especialmente a las SEÑORAS, a realizar aberrantes actos en búsqueda de "parecer" jóvenes.
Por más silicona que te mandes en la cara, uno no es boludo. ¿No se dan cuenta que así estén rellenas de plástico y tengan los cachetes salidos para afuera se nota que son viejas? ¿Sus espejos son distintos a los míos? Porque no es que una piensa "Oh, ¿60 años? ¡No se te nota!" ¡LAS PELOTAS! No sólo se nota, sino que queda espantoso.
En el gimnasio me toca ver cada estropajo que, tranquilamente, podrían filmar una película de terror ahí adentro. Me gusta aprovechar las mañanas porque sé que los aparatos están casi vacíos (no así la pileta, que con esa "aquagym" siempre está hasta las bolas), pero termino con los ojos cruzados de las cosas que me cruzo. Porque encima, no sólo es que se visten como si tuvieran 20 años (y claramente NO), sino que cuando se están cambiando en el vestuario andan en pelotas por la vida como si tuvieran un cuerpo que mostrar al público.
Disculpe señora, pero si alguien le pidió que ande mostrando su pasa de uva arrugada, no fui yo. ¿Me haría el favor de ponerse la bombacha y el corpiño adentro del recinto de ducha, antes de salir, como dios manda?
Entrar al vestuario es, por lo menos, cruzarse con un ojete arrugado al aire. Hay una señora en particular que es la más desagradable de todas, porque no solamente está arrugada como una bolsa de nylon a la que le agarró la lluvia, sino que encima abusa de la cama solar y del maquillaje. Es una mezcla de estos dos personajes:
Por más silicona que te mandes en la cara, uno no es boludo. ¿No se dan cuenta que así estén rellenas de plástico y tengan los cachetes salidos para afuera se nota que son viejas? ¿Sus espejos son distintos a los míos? Porque no es que una piensa "Oh, ¿60 años? ¡No se te nota!" ¡LAS PELOTAS! No sólo se nota, sino que queda espantoso.
En el gimnasio me toca ver cada estropajo que, tranquilamente, podrían filmar una película de terror ahí adentro. Me gusta aprovechar las mañanas porque sé que los aparatos están casi vacíos (no así la pileta, que con esa "aquagym" siempre está hasta las bolas), pero termino con los ojos cruzados de las cosas que me cruzo. Porque encima, no sólo es que se visten como si tuvieran 20 años (y claramente NO), sino que cuando se están cambiando en el vestuario andan en pelotas por la vida como si tuvieran un cuerpo que mostrar al público.
Disculpe señora, pero si alguien le pidió que ande mostrando su pasa de uva arrugada, no fui yo. ¿Me haría el favor de ponerse la bombacha y el corpiño adentro del recinto de ducha, antes de salir, como dios manda?
Entrar al vestuario es, por lo menos, cruzarse con un ojete arrugado al aire. Hay una señora en particular que es la más desagradable de todas, porque no solamente está arrugada como una bolsa de nylon a la que le agarró la lluvia, sino que encima abusa de la cama solar y del maquillaje. Es una mezcla de estos dos personajes:
Izma, de "Las locuras del emperador"
Magda, la vieja desagradable de "Loco por Mary"
¡Se imaginan ya el bochorno que es esta señora! Para que se den una idea, una vez una amiga se la quedó mirando, con el ceño fruncido como si intentara entender algo, a lo que yo la ayudé: "No te gastes en buscarle la razón, ESA es su espalda, así arrugada como la ves".
A VER SEÑORA, LAMENTO QUE NO LE GUSTE SER VIEJA. Todos vamos a ser viejos en algún momento, todos tenemos fecha de vencimiento. ESO NO QUITA QUE USTED TENGA DERECHO A VESTIRSE COMO MARRANA EN CELO. ¡Vaya a su casa a preparar galletas y dejarse de joder! ¡SE CALMA SEÑORA!
miércoles, 16 de octubre de 2013
Mudanza II
Las mudanzas no son sencillas, aunque de mi parte es mucho decir ya que esta es la segunda vez que me mudo. Pero la primera, cuando me fui de lo de mi vieja, fue relativamente sencilla: no teníamos absolutamente nada. De alguna manera me las arreglé para que ese mismo fin de semana que estrenábamos nuestra independencia nos llegara todo lo que compramos y habíamos encargado: lavarropas, heladera, sillón, mesa para la tele... En fin, ¡de todo!
Esta vuelta la cosa cambiaba. TODO eso que compramos de a poco lo teníamos que mover, así que para mí fue como mudarme por primera vez. Hasta tuvimos que bajar el aire acondicionado porque la dueña del departamento anterior no se lo quiso quedar.
El lugar nuevo es más espacioso, y si bien necesita algún que otro arreglito -como la cocina, que está medio podrida y tengo miedo de prender el horno- es mucho más lindo, y tiene un patio precioso. Está bien ubicado, es mucho más barato, en fin: estamos contentos.
Lamentablemente aún no podemos disfrutar al 100% la felicidad porque la dueña del departamento anterior sigue sin querer rescindirnos el contrato, algo que debería haber sucedido hace casi 10 días. A base de mentiras y diciendo que le rompimos todo (está loca) terminamos llevando un plomero para arreglar las tres boludeces que nunca anduvieron, y que yo notifiqué a la inmobiliaria, claramente algo que nunca le avisaron a la señora esta.
Así que ahí andamos, tratando de disfrutar nuestra casa nueva, y haciendo todo lo posible por pedirle a esta señora que nos rescinda, para dejar de ser inquilinos de dos lugares diferentes. Eso sí, en cuanto me firme los papeles, UNA puteada se come, mínimo.
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lunes, 15 de julio de 2013
La maldición de la calza
Hace unos años me compré en un local de ropa de acá de mi barrio unas calzas de esas que algunas mujeres solemos ponernos debajo de las polleras, pero en no mucho tiempo se me empezaron a hacer pelota y se me rompieron todas en la zona de la "ingle", un lugar maldito por los dioses en donde las personas que somos de tener piernas juntas rompemos toda la ropa (calzas, jeans, etc) después de un tiempo de uso. Estoy acostumbrada a que me pase, pero digamos que no me duraron mucho, así que en ese entonces opté por ir al negocio a decirle a la que me vendió (una mujer que lleva MUCHOS años en el mismo negocio de ropa en este barrio, donde entre otras mi vieja vive comprando), a ver qué onda con sus calzas.
Cuando fui a hablar con ella, su justificación fue (y estoy citando casi textuales sus palabras): "No sé por qué se te rompieron las calzas. Sinceramente no suelo tener clientas gordas".
Más allá de que esta señora es unareverenda hija de mil puta persona sin tacto alguno, no puedo hacerme la ofendida diciendo algo como "y yo no estaba gorda" porque le estaría mintiendo. Estaba gorda, sí. Pero no hacía falta esa respuesta, sinceramente. Una cosa no hace a la otra. Que tu ropa sea una cagada que no dura nada no es mi culpa, por más que yo tenga ese problema.
Desde ese momento me juré que nunca más pisaría el local de esta mierda de persona, pasara lo que pasara, donde además tampoco es que tiene la mejor ropa de la zona. Es barata (dentro de todo) pero no es la muerte de nadie.
La semana pasada estaba buscando un regalo para mi suegro y vi en el negocio de esta enferma, desde la calle, unos sweaters que estaban buenísimos y no eran para nada caros. Como yo no le quiero pisar, le pedí a mi vieja que me acompañara a comprarlo. Obvio, "que boluda" pensarán ustedes, porque si tanto la desprecio no debería comprarle, pero la verdad es que la economía pesa y tampoco me iba a dejar robar pagando el doble por un sweater que ahí estaba a buen precio. En fin, cuestión que voy con mi vieja y es tanta mi mala suerte que la que sale a atenderla es esta reventada. Me alejo de la vidriera y me quedo casi en la vereda esperando que mi vieja lo compre, cuando la escucho que le dice: "Ayyy pero qué hizo tu hija, está re flaca, blablabla"
Acto seguido me mira a mi y me dice: "Cuánto adelgazaste?" poniendo cara de copada, y con mi mejor (¡pero la mejor!) cara de orto le dije, mirándola a los ojos: "LA VERDAD QUE NO SÉ", y me fui.
No es que yo soy una loca bárbara y le tiré la mejor respuesta del mundo, no es por eso que lo cuento, pero esta mina me genera repulsión. Más allá de que alguna vez me haya dicho esa burrada que nunca me voy a olvidar, esté gorda o no esté gorda, me da bronca la mala actitud de las personas, especialmente cuando se dedican al negocio de la ropa. Yo no me rompí el orto para bajar de peso para después ir a sonreirle a alguien que en su momento me bloqueó con su comentario por mi peso en ese entonces. No. Lo hice por mi, porque ya no me sentía bien, y porque siempre fue algo que me molestó de mi vida. Así que si estás esperando que después de ciertas cosas vaya y abrace tu comentario y me suba el autoestima, podés esperar sentada, pendevieja asquerosa, teñida y ridícula.
Si no tienen tacto para tratar con gente, no se dediquen a negocios que involucran a las personas. O por lo menos aprendan a guardar su mierda adentro y ponerle sonrisa a los demás, caso contrario, dedíquense a otra cosa porque se van a cagar de hambre. O van a perder clientes.
Cuando fui a hablar con ella, su justificación fue (y estoy citando casi textuales sus palabras): "No sé por qué se te rompieron las calzas. Sinceramente no suelo tener clientas gordas".
Más allá de que esta señora es una
Desde ese momento me juré que nunca más pisaría el local de esta mierda de persona, pasara lo que pasara, donde además tampoco es que tiene la mejor ropa de la zona. Es barata (dentro de todo) pero no es la muerte de nadie.
La semana pasada estaba buscando un regalo para mi suegro y vi en el negocio de esta enferma, desde la calle, unos sweaters que estaban buenísimos y no eran para nada caros. Como yo no le quiero pisar, le pedí a mi vieja que me acompañara a comprarlo. Obvio, "que boluda" pensarán ustedes, porque si tanto la desprecio no debería comprarle, pero la verdad es que la economía pesa y tampoco me iba a dejar robar pagando el doble por un sweater que ahí estaba a buen precio. En fin, cuestión que voy con mi vieja y es tanta mi mala suerte que la que sale a atenderla es esta reventada. Me alejo de la vidriera y me quedo casi en la vereda esperando que mi vieja lo compre, cuando la escucho que le dice: "Ayyy pero qué hizo tu hija, está re flaca, blablabla"
Acto seguido me mira a mi y me dice: "Cuánto adelgazaste?" poniendo cara de copada, y con mi mejor (¡pero la mejor!) cara de orto le dije, mirándola a los ojos: "LA VERDAD QUE NO SÉ", y me fui.
No es que yo soy una loca bárbara y le tiré la mejor respuesta del mundo, no es por eso que lo cuento, pero esta mina me genera repulsión. Más allá de que alguna vez me haya dicho esa burrada que nunca me voy a olvidar, esté gorda o no esté gorda, me da bronca la mala actitud de las personas, especialmente cuando se dedican al negocio de la ropa. Yo no me rompí el orto para bajar de peso para después ir a sonreirle a alguien que en su momento me bloqueó con su comentario por mi peso en ese entonces. No. Lo hice por mi, porque ya no me sentía bien, y porque siempre fue algo que me molestó de mi vida. Así que si estás esperando que después de ciertas cosas vaya y abrace tu comentario y me suba el autoestima, podés esperar sentada, pendevieja asquerosa, teñida y ridícula.
Si no tienen tacto para tratar con gente, no se dediquen a negocios que involucran a las personas. O por lo menos aprendan a guardar su mierda adentro y ponerle sonrisa a los demás, caso contrario, dedíquense a otra cosa porque se van a cagar de hambre. O van a perder clientes.
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sábado, 2 de marzo de 2013
Caos en la ciudad
A veces no hay que tener problemas de la puerta para adentro para estresarse y sentir que la cabeza nos va a explotar en cualquier momento. A veces, simplemente con salir a la calle, uno puede sentir que en cualquier momento el cerebro sufre un shock y se queda duro como rulo de estatua.
En esta provincia no hay nada peor que el microcentro porteño los días de semana en horarios laborales. La gente está loca, se mueve rápido por todos lados, ni peatones ni conductores respetan nada. Abundan los gritos, los insultos, los bocinazos y las caras de mala onda, sea el día que sea. Y si a esto que, para cualquiera que tiene que ir para ese lado es más que normal, le agregamos manifestaciones y cortes de calle estratégicamente calculados para molestar a los demás, tenemos una bola de mierda que puede llegar a desatar alguna cualquier enfermedad en cualquiera de nosotros.
El pasado jueves me tocaba turno con una médica a las 11:45, ahí nomás del Congreso de la Nación. Decidí salir con anterioridad por las dudas de que hubiera tráfico, si bien no vivo tan lejos de la zona, en este momento el subterráneo que me deja casi en la puerta de la obra social está cerrado por reparaciones y cambios de trenes, así que imaginé que sería un poco más complicado llegar.
El primero de los colectivos que tenía que tomar tardó media hora en venir. Lo que le pasó a esa línea ese día nunca lo sabré, pero como vi que pasaba la hora me tomé un taxi hasta la parada del siguiente que tenía que tomar (por suerte la parada estaba a unas 20 cuadras más o menos), y no lo esperé tanto, pero hete aquí que yo no tenía idea de lo complicado que sería llegar a destino.
Ese día había programada una manifestación justo a la vuelta de la obra social, hubo un accidente en una avenida, había un campamento de personas, cortando una calle, que se estaban quejando "porque se quemó el edificio donde vivían (un edificio tomado, aclaro, no es que estas personas pagaban renta) y exigían un nuevo hogar para sus familias", y no sé cuanta cosa más.
La cuestión es que un viaje que usualmente duraría unos 40 minutos, se estiró a 1 hora y media y llegué 50 minutos tarde al médico. Por supuesto en la mesa de entrada me dijeron que no me iba a atender la doctora y me negaron el bono que tendría que pagar para ser atendida, pero para quitarme la duda me acerqué al consultorio de la doctora. Cuando sale a llamar a una paciente, le explico lo sucedido, alegando que claramente mi justificativo era que la ciudad estaba hecha un desastre, no es que me quedé dormida o que hice algo a propósito. Ella, mi ginecóloga de cabecera, que me atiende hace 11 años, me dijo "que pedirle que me atendiera con 50 minutos de tardanza era una falta de respeto".
"Una falta de respeto". O sea que fumarme el tráfico, gastar dinero al pedo en taxi tratando de no llegar tan tarde, tener toda la ciudad cortada y una manifestación en tus propias narices (¡¡¡¡estaba a la vuelta el corte!!!!) me vuelven a MI una persona irrespetuosa.
¿Cómo reacciona uno a una situación como ésta? La lógica y mi vocabulario hubieran actuado por propia voluntad y le hubieran dicho a ésta señora, quien me atiende desde los 18 años, que se fuera bien a la puta madre que la parió. Pero me quedé ahí, parada, mirándola, en esos segundos en que la mente está por explotar y uno gritaría, sacadísimo, o agarraría a la otra persona del cogote. Por mi mente pasaron varias imágenes en simultáneo: yo estrangulándola, puteándola, pateando la puerta del consultorio y rompiéndole la mesa esa de mierda donde hay que acostarse con las patas abiertas, tirándole de los pelos, pegándole un cachetazo. Pero nada, fueron unos segundos hasta que me di media vuelta y me fui, habiendo perdido toda la mañana para llegar a un lugar y no recibir nada a cambio.
La ciudad con estas cosas nos vuelve un poco agresivos, aunque a algunos sólo mentalmente, por ahora. Pero si luego alguien nos pregunta "¿por qué tanta mala onda?", bueno...yo no sé que responderles. O no sé si responderles, realmente.
En esta provincia no hay nada peor que el microcentro porteño los días de semana en horarios laborales. La gente está loca, se mueve rápido por todos lados, ni peatones ni conductores respetan nada. Abundan los gritos, los insultos, los bocinazos y las caras de mala onda, sea el día que sea. Y si a esto que, para cualquiera que tiene que ir para ese lado es más que normal, le agregamos manifestaciones y cortes de calle estratégicamente calculados para molestar a los demás, tenemos una bola de mierda que puede llegar a desatar alguna cualquier enfermedad en cualquiera de nosotros.
El pasado jueves me tocaba turno con una médica a las 11:45, ahí nomás del Congreso de la Nación. Decidí salir con anterioridad por las dudas de que hubiera tráfico, si bien no vivo tan lejos de la zona, en este momento el subterráneo que me deja casi en la puerta de la obra social está cerrado por reparaciones y cambios de trenes, así que imaginé que sería un poco más complicado llegar.
El primero de los colectivos que tenía que tomar tardó media hora en venir. Lo que le pasó a esa línea ese día nunca lo sabré, pero como vi que pasaba la hora me tomé un taxi hasta la parada del siguiente que tenía que tomar (por suerte la parada estaba a unas 20 cuadras más o menos), y no lo esperé tanto, pero hete aquí que yo no tenía idea de lo complicado que sería llegar a destino.
Ese día había programada una manifestación justo a la vuelta de la obra social, hubo un accidente en una avenida, había un campamento de personas, cortando una calle, que se estaban quejando "porque se quemó el edificio donde vivían (un edificio tomado, aclaro, no es que estas personas pagaban renta) y exigían un nuevo hogar para sus familias", y no sé cuanta cosa más.
La cuestión es que un viaje que usualmente duraría unos 40 minutos, se estiró a 1 hora y media y llegué 50 minutos tarde al médico. Por supuesto en la mesa de entrada me dijeron que no me iba a atender la doctora y me negaron el bono que tendría que pagar para ser atendida, pero para quitarme la duda me acerqué al consultorio de la doctora. Cuando sale a llamar a una paciente, le explico lo sucedido, alegando que claramente mi justificativo era que la ciudad estaba hecha un desastre, no es que me quedé dormida o que hice algo a propósito. Ella, mi ginecóloga de cabecera, que me atiende hace 11 años, me dijo "que pedirle que me atendiera con 50 minutos de tardanza era una falta de respeto".
"Una falta de respeto". O sea que fumarme el tráfico, gastar dinero al pedo en taxi tratando de no llegar tan tarde, tener toda la ciudad cortada y una manifestación en tus propias narices (¡¡¡¡estaba a la vuelta el corte!!!!) me vuelven a MI una persona irrespetuosa.
¿Cómo reacciona uno a una situación como ésta? La lógica y mi vocabulario hubieran actuado por propia voluntad y le hubieran dicho a ésta señora, quien me atiende desde los 18 años, que se fuera bien a la puta madre que la parió. Pero me quedé ahí, parada, mirándola, en esos segundos en que la mente está por explotar y uno gritaría, sacadísimo, o agarraría a la otra persona del cogote. Por mi mente pasaron varias imágenes en simultáneo: yo estrangulándola, puteándola, pateando la puerta del consultorio y rompiéndole la mesa esa de mierda donde hay que acostarse con las patas abiertas, tirándole de los pelos, pegándole un cachetazo. Pero nada, fueron unos segundos hasta que me di media vuelta y me fui, habiendo perdido toda la mañana para llegar a un lugar y no recibir nada a cambio.
La ciudad con estas cosas nos vuelve un poco agresivos, aunque a algunos sólo mentalmente, por ahora. Pero si luego alguien nos pregunta "¿por qué tanta mala onda?", bueno...yo no sé que responderles. O no sé si responderles, realmente.
jueves, 14 de febrero de 2013
Los después de las vacaciones
Es difícil retomar la rutina después de haber estado unos días afuera. Pero no solamente por el hecho de la fiaca en sí que provoca el tener que VOLVER a sentarse detrás de una computadora (en mi caso al menos) para pasar horas haciendo algo poco divertido, si no por los otros factores que uno absorbe desmesuradamente cuando se va de viaje. Especialmente si es a un lugar lleno de verde, alejado de las grandes ciudades.
El aire limpio, la gente que es más amable, el ritmo de vida que siempre es diferente. La tranquilidad de caminar por la calle y no escuchar los colectivos, no hay bocinazos, no suenan alarmas. La gente te dice "buen día" en todos lados, hasta cuando estás caminando en el medio de la montaña y te encontrás con otro que está en la misma situación de vos. Si tenés suerte, hasta quizá te lo dicen en su propio idioma, y vos sonreís como un idiota porque un japonesito re dulce te dice "Konnichiwa" y "Arigato" cuando lo dejás pasar. Anochece más tarde y amanece tempranito, y el aire de la mañana siempre es fresco, bien fresco.
Sabía que estas cosas las iba a extrañar cuando volviera a Buenos Aires, pero una buena señora en el avión de vuelta a esta ciudad me hizo recordar lo asquerosos que son sus habitantes. Se paró en el medio del pasillo (cuando recién estábamos empezando a subir), y se tomó su tiempo, tranquila, para acomodar el equipaje arriba. Tras lo que pareció una eternidad, mi amiga finalmente decide pasarle por atrás y pegarle, de paso, un empujoncito poco disimulado con su mochila.
Señora: "Tendrías que sacarte la mochila queridita, y llevara en la mano" (ese "queridita" de las viejas me satura), le dice a mi amiga desde atrás.
Zoqueta: "Y usted tendría que tardar menos y correrse del pasillo, SEÑORA"
Antes de esto vimos como la vieja desagradable se robaba sin vergüenza un par de almohadas del sector de primera clase. Esta señora, con su mala onda, su cara de culo arrugada y su arrogancia en cada paso que daba (¡Después en Buenos Aires se puso a romper las pelotas en el baño del aeropuerto porque decía que la gente tardaba mucho en salir!) me bajó de un hondazo a la realidad y me recordó a donde estaba volviendo. Estaba volviendo a Buenos Aires. Donde nadie te dice "buen día", y si vos lo decís probablemente te quedes esperando como idiota para que te respondan, y si alguien te responda tenés que jugar al quini, mínimo. Donde no hay aire limpio, el ritmo de vida es atropellado, y si vas a cruzar la calle los autos no te dejan pasar ni en pedo. Hasta el japonesito que ves en la calle con su cámara de fotos no te va a dar pelota, porque estás en la ciudad. Acá no hay "Konnichiwa" que valga.
Todavía me duran algunas pequeñas costumbres de mi paso por el interior del país, y el otro día me encontré saludando a la gente de los puestitos del Barrio Chino, cuando fui de paseo por el año nuevo. Pero ya me siento cansada, ya no soporto la temperatura, y el ruido de esta ciudad me aturde. La humedad me empaña los pulmones, y la cantidad de gente me da herpes en los ojos.
Creo que el cuerpo me está avisando que en algún momento sería una buena idea migrar de Buenos Aires hacia otros lados más amables. Por lo pronto, me conformo con tener la chance de desenchufarme de tanto en tanto, y extrañar un poco mucho cuando me toca volver.
El aire limpio, la gente que es más amable, el ritmo de vida que siempre es diferente. La tranquilidad de caminar por la calle y no escuchar los colectivos, no hay bocinazos, no suenan alarmas. La gente te dice "buen día" en todos lados, hasta cuando estás caminando en el medio de la montaña y te encontrás con otro que está en la misma situación de vos. Si tenés suerte, hasta quizá te lo dicen en su propio idioma, y vos sonreís como un idiota porque un japonesito re dulce te dice "Konnichiwa" y "Arigato" cuando lo dejás pasar. Anochece más tarde y amanece tempranito, y el aire de la mañana siempre es fresco, bien fresco.
Sabía que estas cosas las iba a extrañar cuando volviera a Buenos Aires, pero una buena señora en el avión de vuelta a esta ciudad me hizo recordar lo asquerosos que son sus habitantes. Se paró en el medio del pasillo (cuando recién estábamos empezando a subir), y se tomó su tiempo, tranquila, para acomodar el equipaje arriba. Tras lo que pareció una eternidad, mi amiga finalmente decide pasarle por atrás y pegarle, de paso, un empujoncito poco disimulado con su mochila.
Señora: "Tendrías que sacarte la mochila queridita, y llevara en la mano" (ese "queridita" de las viejas me satura), le dice a mi amiga desde atrás.
Zoqueta: "Y usted tendría que tardar menos y correrse del pasillo, SEÑORA"
Antes de esto vimos como la vieja desagradable se robaba sin vergüenza un par de almohadas del sector de primera clase. Esta señora, con su mala onda, su cara de culo arrugada y su arrogancia en cada paso que daba (¡Después en Buenos Aires se puso a romper las pelotas en el baño del aeropuerto porque decía que la gente tardaba mucho en salir!) me bajó de un hondazo a la realidad y me recordó a donde estaba volviendo. Estaba volviendo a Buenos Aires. Donde nadie te dice "buen día", y si vos lo decís probablemente te quedes esperando como idiota para que te respondan, y si alguien te responda tenés que jugar al quini, mínimo. Donde no hay aire limpio, el ritmo de vida es atropellado, y si vas a cruzar la calle los autos no te dejan pasar ni en pedo. Hasta el japonesito que ves en la calle con su cámara de fotos no te va a dar pelota, porque estás en la ciudad. Acá no hay "Konnichiwa" que valga.
Todavía me duran algunas pequeñas costumbres de mi paso por el interior del país, y el otro día me encontré saludando a la gente de los puestitos del Barrio Chino, cuando fui de paseo por el año nuevo. Pero ya me siento cansada, ya no soporto la temperatura, y el ruido de esta ciudad me aturde. La humedad me empaña los pulmones, y la cantidad de gente me da herpes en los ojos.
Creo que el cuerpo me está avisando que en algún momento sería una buena idea migrar de Buenos Aires hacia otros lados más amables. Por lo pronto, me conformo con tener la chance de desenchufarme de tanto en tanto, y extrañar un poco mucho cuando me toca volver.
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Viejas desagradables S.A.
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